Cultura

Ruth Bader Ginsburg: la jueza que desafió barreras y se convirtió en un icono de la igualdad

El perfil inconfundible de Ruth Bader Ginsburg – cabello peinado hacia atrás, gafas amplias y elegantes cuellos de encaje sobre la toga – se ha convertido en un icono cultural. Su imagen aparece en camisetas, tazas de café y hasta en caricaturas de cómics; sus frases inspiradoras se leen en pancartas durante marchas por los derechos civiles. Esta jueza del Tribunal Supremo de Estados Unidos trascendió el ámbito jurídico para convertirse en una figura popular admirada, especialmente entre los jóvenes. Años atrás, las redes sociales le otorgaron el apodo de “Notorious RBG” (en alusión al rapero Notorious B.I.G.), reflejando su fama inesperada para alguien de la judicatura. Cada vez que su frágil salud tambaleaba en sus últimos años, medio país contenía el aliento, temiendo perder a una de las voces más firmes en defensa de la igualdad.

Ruth Bader Ginsburg, jueza del Tribunal Supremo de Estados Unidos y referente en la lucha por la igualdad de género. Foto: Colección del Tribunal Supremo de EE.UU.

Biografía temprana y carrera. Nacida en 1933 en una familia humilde de Brooklyn, Ruth Bader descubrió desde niña el valor de la educación gracias al ejemplo de su madre. Estudió Derecho en Harvard en la década de 1950, donde fue una de solo nueve mujeres en una clase de más de 500 alumnos. En aquella época, sufrió la discriminación de género en carne propia: el decano de Harvard llegó a preguntar a las alumnas por qué ocupaban el lugar de un hombre en la facultad. Aun así, Ruth destacó académicamente (acabó entre los primeros puestos de su promoción) y completó sus estudios en la Universidad de Columbia, graduándose con honores. Sin embargo, al salir al mercado laboral, ningún bufete importante quiso contratar a una mujer pese a sus credenciales impecables, ni consiguió inicialmente la pasantía en el Tribunal Supremo que normalmente se reservaba a los mejores graduados. Aquellas puertas cerradas no la detuvieron.

Ginsburg se dedicó a la academia, impartiendo clases de Derecho en Rutgers y luego en Columbia, convirtiéndose en la primera profesora titular de esa facultad de Derecho. En 1972 cofundó el Women’s Rights Project de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU), reflejando su convicción de que la lucha por la igualdad de género merecía la misma energía que el movimiento por los derechos civiles de la década anterior. Ya en esos años 70, Ruth Bader Ginsburg empezó a cambiar la historia legal de Estados Unidos: llevó ante la Corte Suprema una serie de casos emblemáticos sobre discriminación de género, ganando cinco de los seis que defendió. En 1971, por primera vez la Corte Suprema declaró inconstitucional tratar de forma desigual a una mujer respecto a un hombre (caso Reed v. Reed); en 1973 Ginsburg representó a una teniente de la Fuerza Aérea, Sharon Frontiero, logrando eliminar las normas que negaban prestaciones a las mujeres militares que sí se concedían automáticamente a sus colegas hombres. Dos años después, en otro caso pionero, defendió a Stephen Wiesenfeld, un viudo al que se le había negado una pensión de supervivencia por el solo hecho de ser hombre – Ginsburg ganó de nuevo, demostrando que la discriminación de género perjudica tanto a mujeres como a hombres. Con cada victoria, iba derribando estereotipos legales arraigados durante siglos.

En su vida personal también rompió moldes. Conoció a Martin “Marty” Ginsburg en la universidad y formaron una pareja de iguales en una época poco acostumbrada a ello. Cuando Marty enfermó de cáncer durante sus estudios, Ruth no solo continuó con los suyos, sino que se hizo cargo del hogar, cuidó de su pequeña hija y hasta mecanografiaba por las noches los apuntes de clase de su esposo para que él no perdiera el semestre. Años más tarde, Marty correspondió a ese apoyo: cuando Ruth fue nombrada jueza federal, él dejó su trabajo en Nueva York y se mudó a Washington para que ella pudiera seguir su carrera. Juntos criaron a sus dos hijos compartiendo responsabilidades, un ejemplo de corresponsabilidad familiar poco común entonces. Ruth solía decir que el día que conoció a Marty fue “el más afortunado de mi vida”. Él fue su compañero incondicional hasta su muerte en 2010, y quien más la animó a perseguir sin trabas sus ambiciones profesionales.

En la Corte Suprema y el legado legal. En 1980, Ginsburg fue nombrada jueza federal de apelaciones por el presidente Jimmy Carter, y en 1993 Bill Clinton la nominó como magistrada del Tribunal Supremo, convirtiéndola en la segunda mujer en la historia de la Corte (tras Sandra Day O’Connor en 1981). Su confirmación en el Senado fue prácticamente unánime, reflejo de otra era política. Desde su llegada al máximo tribunal, Ginsburg se ubicó en el ala liberal y se convirtió en una voz fundamental en casos de derechos civiles, igualdad de género y libertades públicas. En 1996 escribió la opinión de la Corte que abrió las puertas del Instituto Militar de Virginia (VMI) – una academia militar de élite hasta entonces exclusiva para hombres – declarando que no había justificación constitucional para excluir a las mujeres capacitadas. También respaldó firmemente el derecho al aborto legal, la igualdad de las minorías sexuales y la separación Iglesia-Estado, entre otros temas progresistas.

Con los años, a medida que la Corte Suprema giraba hacia posiciones más conservadoras, Ginsburg pasó a menudo a la minoría y se hizo célebre por sus potentes dissents (votos discrepantes). Lejos de ser derrotistas, sus escritos disidentes brillaban por su claridad y convicción moral, al punto de volverse virales en internet. Un ejemplo resonante fue su dura oposición en 2013 a la decisión de la mayoría conservadora de anular partes de la Ley de Derecho al Voto (una ley histórica de 1965 contra la discriminación racial en elecciones). Ginsburg advirtió que esa decisión era como “deshacerse del paraguas en medio de una tormenta porque no te estás mojando” – una metáfora brillante para criticar que se eliminaran protecciones legales solo porque había mejorado la situación, comparándolo con tirar el paraguas durante la lluvia porque uno aún no se ha mojado. Sus palabras se difundieron ampliamente y consolidaron su fama entre las nuevas generaciones, que la veían como una heroína de la justicia social. En otra ocasión, resaltó que las leyes que supuestamente ponen a las mujeres en un pedestal en realidad las encierran “en una jaula”, subrayando que la caballerosidad mal entendida también perpetúa la desigualdad.

Ginsburg adoptó con orgullo el rol de conciencia liberal de la Corte. Incluso incorporó pequeños rituales para simbolizar sus posturas: poseía un cuello especial para su toga al que llamaba “el collar de la disidencia”, que usaba los días que le tocaba leer una opinión en disenso contra la mayoría, como señal sutil de resistencia. Su estilo cuidadoso pero firme y su agudeza argumentativa la convirtieron en una jurista respetada incluso por sus rivales ideológicos. Prueba de ello fue su entrañable amistad con el juez conservador Antonin Scalia: ideológicamente opuestos en casi todo, ambos cultivaron durante años una relación de respeto, humor y amor por la ópera, demostrando que la civilidad puede prevalecer sobre las diferencias.

Más allá de sus triunfos jurídicos concretos, quizá el legado más perdurable de Ruth Bader Ginsburg sea haber demostrado con su propia vida que “las mujeres pertenecen a todos los lugares donde se toman decisiones”. Esa frase suya, convertida ya en lema, sintetiza décadas de lucha por abrir espacios vetados a las mujeres. Ginsburg la llevó a la práctica: fue pionera en la academia, en los tribunales y en la Corte Suprema, derribando uno a uno los techos de cristal. Su trabajo incansable contribuyó a que la igualdad de género pasara de ser un ideal a estar respaldada por la fuerza de la ley.

Impacto social y fallecimiento. Hacia el final de su vida, Ginsburg era ya una figura de culto. En plena era del #MeToo y de una nueva ola feminista, su historia inspiró documentales premiados (RBG, 2018), películas de Hollywood (On the Basis of Sex, 2018) y una avalancha de libros. Millennials y centennials la aclamaban en las redes, compartiendo memes de la diminuta abuela de gafas grandes convertida en superheroína de la igualdad. Se imprimieron muñecas y disfraces infantiles de Ginsburg; jóvenes se tatuaron su silueta; niñas se vistieron como ella en Halloween. Pocas veces una jueza – tradicionalmente figura seria y distante – había generado tal fervor popular. Ruth, con humor, abrazó ese estatus inesperado. Cuando le preguntaron si le molestaba que la apodaran igual que un famoso rapero de Brooklyn, respondió sonriente: “¿Por qué habría de molestarme? ¡Los dos somos de Brooklyn!”.

La magistrada sufrió varios percances de salud en sus últimos años (superó cáncer en repetidas ocasiones sin dejar de trabajar) y se negó a jubilarse mientras sintiera que podía seguir en el estrado. “No colgaré la toga mientras pueda hacer el trabajo”, repetía. Su determinación respondía en parte a la consciencia de lo que estaba en juego: los puestos en el Tribunal Supremo son vitalicios y su reemplazo podía inclinar el equilibrio ideológico. Su perseverancia mantuvo viva la esperanza de los progresistas durante la presidencia de Donald Trump, que ya había designado a dos jueces conservadores. Finalmente, Ruth Bader Ginsburg falleció el 18 de septiembre de 2020, a los 87 años, debido a un cáncer de páncreas metastásico. Su muerte, acaecida apenas semanas antes de las elecciones presidenciales, conmocionó al país. Miles de personas espontáneamente llevaron flores y velas a las escalinatas del Tribunal Supremo para despedirla con agradecimiento. Fue velada con honores: se convirtió en la primera mujer en la historia de Estados Unidos en recibir el tributo de permanecer en capilla ardiente en el Capitolio Nacional.

El vacío que dejó es inmenso. Ginsburg no solo había protegido durante años la frágil mayoría liberal de la Corte, sino que era un símbolo viviente de la lucha por la igualdad. Tras su partida, el entonces presidente Trump nombró apresuradamente a una sucesora conservadora, alterando el balance del tribunal hacia la derecha. Meses después, en 2022, la nueva mayoría anuló la protección constitucional al derecho al aborto – una decisión impensable durante el mandato de Ginsburg, quien siempre defendió la autonomía reproductiva de las mujeres. Este giro histórico subrayó la importancia de la obra de Ruth Bader Ginsburg: muchos de los derechos que ella ayudó a consagrar requieren ahora ser defendidos nuevamente en su ausencia.

No obstante, el legado de RBG perdura. Sus opiniones jurídicas siguen citándose en tribunales y facultades de derecho. Su ejemplo personal inspira a generaciones de mujeres (y hombres) a dedicarse al servicio público y a la justicia social. En la memoria colectiva queda la imagen de aquella mujer menuda pero indomable que, con su voz suave y sus convicciones férreas, cambió la historia paso a paso. Ruth Bader Ginsburg demostró que un solo voto – y una sola vida dedicada a la causa correcta – pueden mover los cimientos de la sociedad hacia un mundo más justo e igualitario.