Hace más de un siglo, el explorador Ernest Shackleton publicó un famoso anuncio en la prensa londinense solicitando voluntarios para una expedición antártica extremadamente arriesgada. Hoy, dos cardiólogos españoles han lanzado su propio llamamiento a miles de personas: no prometen aventuras polares ni honor en la adversidad, pero su propuesta podría salvar millones de vidas. El Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), liderado por los doctores Borja Ibáñez y Valentín Fuster, busca 8.000 voluntarios en España para participar en un ensayo pionero que aspira a “curar la aterosclerosis”, la enfermedad crónica provocada por el acúmulo de grasas y colesterol en las arterias que subyace a la mayoría de infartos de miocardio y accidentes cerebrovasculares.

¿Quién puede participar?
El doctor Borja Ibáñez, director científico del CNIC, detalla que los candidatos ideales tienen entre 18 y 69 años y no han sido diagnosticados de enfermedad cardiovascular. A quienes cumplan estos requisitos, el equipo médico les realizará, de forma totalmente gratuita, un exhaustivo examen de unas dos horas para detectar la aterosclerosis oculta. Las pruebas incluyen una ecografía tridimensional de las arterias carótidas (en el cuello) y femorales (en las ingles), un escáner cardíaco con angiotomografía computarizada (TC) para visualizar las arterias coronarias, un electrocardiograma, análisis de sangre y orina, e incluso fotografías de la retina para evaluar el estado de los vasos sanguíneos del ojo. “Lo importante es la carótida interna, que va directa al cerebro”, comenta la ecografista Virginia Mass mientras desliza el transductor por el cuello de uno de los voluntarios, subrayando la relevancia de detectar cualquier estrechamiento en esa arteria crucial.
La aterosclerosis es un enemigo omnipresente pero silencioso. Un estudio previo del CNIC con 4.000 empleados del Banco Santander reveló que 6 de cada 10 personas aparentemente sanas de 40 a 55 años ya presentan placas de ateroma en sus arterias, pese a no tener síntomas. El colesterol elevado es el principal factor detrás de esta enfermedad: está presente en cerca del 70% de todas las patologías cardiovasculares. No es de extrañar que las dolencias cardiovasculares sigan siendo la primera causa de muerte en el mundo, cobrando unos 20 millones de vidas cada año.
Entre las pruebas del nuevo ensayo, la angiotomografía coronaria es la más sofisticada. Esta técnica de imagen con rayos X ofrece una vista detallada del interior de las arterias del corazón. Para realizarla, se administra al participante una pequeña dosis de nitroglicerina en aerosol bajo la lengua –lo que provoca la dilatación temporal de los vasos coronarios– y se inyectan alrededor de 60 mililitros de contraste yodado en la vena. “Tranquilo, no vas a explotar”, bromea el cardiólogo Carlos Pérez al voluntario antes de activar el escáner. El único efecto secundario es una sensación de calor fugaz en el bajo vientre, consecuencia del contraste al distribuirse por el organismo, como advierte el personal médico.
Tras este completo chequeo, los primeros resultados llegan al cabo de unas dos semanas. En el caso de uno de los participantes (un varón de 46 años, sin factores de riesgo evidentes), la ecografía detectó una pequeña placa de unos 6 milímetros cúbicos de grasa y colesterol adherida a la pared de su arteria carótida izquierda. Su tamaño, de momento, no compromete el flujo sanguíneo hacia el cerebro, aunque su mera presencia ya resulta inquietante. El escáner cardíaco identificó otras dos diminutas placas en las arterias coronarias, una de ellas causante de un leve estrechamiento en el calibre normal del vaso.
Lejos de minimizar estos hallazgos, los investigadores del CNIC los toman como una señal de alerta temprana que justifica intervenir de inmediato. “Eres el caso paradigmático de este estudio”, explica el doctor Ibáñez al voluntario mientras le entrega sus resultados. En una persona de mediana edad con un par de placas y ningún síntoma, lo habitual sería no hacer nada hasta que la enfermedad avanzara. Sin embargo, el enfoque de este ensayo es justamente lo contrario: actuar de manera agresiva y precoz para frenar la aterosclerosis incipiente. Los médicos recomendaron al participante mejorar sus hábitos de vida –más ejercicio físico y alimentación cardiosaludable– y complementaron esas medidas con tratamiento farmacológico. En concreto, le prescribieron una dosis diaria de rosuvastatina, un fármaco genérico (una estatina) que cuesta unos pocos céntimos y ayuda a reducir el llamado colesterol “malo” en sangre. “Tus placas son minúsculas, pero debemos evitar que crezcan. Y si pueden desaparecer, que desaparezcan”, enfatiza Ibáñez.
El ensayo clínico, bautizado REACT (por las siglas en inglés de Early Cure of Atherosclerosis, “curación precoz de la aterosclerosis”), tiene como filosofía precisamente reaccionar a las primeras señales de esta enfermedad antes de que sea demasiado tarde. No se trata de un proyecto improvisado: se sustenta en evidencias recopiladas durante años. En el estudio PESA (Proyecto de Evaluación Segmentaria de la Aterosclerosis), realizado por el CNIC con miles de voluntarios de Santander, se observó que en aproximadamente un 8% de los participantes las placas de ateroma que tenían al inicio desaparecieron seis años después gracias a cambios intensivos en el estilo de vida (perder peso, dieta saludable, ejercicio regular). Ibáñez y sus colegas sospechan que, con la intervención temprana y contundente que propone REACT, ese 8% de remisiones espontáneas podría elevarse hasta un 80% de casos en los que la aterosclerosis inicial se detenga e incluso revierta. Si logramos identificar la aterosclerosis a tiempo y “curarla” en ocho de cada diez pacientes, el impacto sería enorme, subraya el cardiólogo. Hablamos de intentar convertir en reversible una dolencia que hasta ahora se considera crónica e irreversible.
El despliegue de medios para llevar a cabo REACT no tiene precedentes en este ámbito. La Fundación Novo Nordisk, una entidad filantrópica danesa, ha aportado 23 millones de euros para financiar la fase inicial del proyecto. En esta primera etapa (2024-2026) se reclutarán 16.000 participantes en total: los 8.000 voluntarios en España y otros 8.000 en Dinamarca (en el Rigshospitalet de Copenhague). Según los datos del CNIC, en España ya se han inscrito unos 5.300 voluntarios desde que comenzó el reclutamiento el año pasado. Ahora, los investigadores quieren lograr que la muestra sea lo más representativa posible de la población general, por lo que se están esforzando en captar también voluntarios de entornos menos habituales en este tipo de estudios, como personas de zonas rurales o de barrios con menos recursos, grupos que suelen quedar subrepresentados en la investigación médica.
Si todo marcha según lo previsto, REACT pasará a una segunda fase entre 2027 y 2032. En esa etapa, los participantes se dividirán en dos grupos para comparar estrategias. Un grupo continuará con la atención estándar que les corresponda en el sistema de salud (es decir, seguimientos y tratamientos habituales según indique su médico de cabecera). El otro grupo seguirá el plan de intervención precoz y agresiva propuesto por el CNIC, con control estricto de factores de riesgo, asesoramiento intensivo en estilo de vida y medicamentos como las estatinas cuando estén indicados, incluso en personas jóvenes sin síntomas. Esta fase 2 permitirá evaluar a largo plazo si el abordaje temprano logra efectivamente reducir la incidencia de infartos, ictus y otras complicaciones cardiovasculares en comparación con la práctica convencional. La Fundación Novo Nordisk ya se ha comprometido a invertir otros 40 millones de euros para costear esta segunda etapa del ensayo. Cabe destacar que dicha fundación manejó el año pasado un presupuesto de unos 1.350 millones de euros dedicados a iniciativas científicas y medioambientales en todo el mundo, gracias a los dividendos de la compañía farmacéutica Novo Nordisk (conocida, entre otros logros, por desarrollar medicamentos innovadores contra la diabetes y la obesidad).
El doctor Ibáñez imagina un futuro no muy lejano en el que, a partir de los 18 años, todas las personas se sometan a revisiones periódicas sencillas para detectar factores de riesgo cardiovascular de forma temprana, por ejemplo midiendo anualmente el perímetro de la cintura o realizando análisis básicos. Si esos controles iniciales revelan que alguien supera cierto umbral de riesgo, se le haría una ecografía vascular portátil de las carótidas y femorales allí mismo, en el centro de salud. En cuanto se identifique la formación de placas incipientes, se intervendría de inmediato sobre los factores de riesgo: ajustes en la alimentación, ejercicio y, de ser necesario, medicación preventiva durante unos años. “Nuestra hipótesis –plantea Ibáñez– es que cinco años de medicación a los 20 años de edad pueden equivaler a 35 años de medicación mucho más tarde, si logramos frenar la enfermedad antes de que avance”, explica el investigador. En otras palabras, tratar intensivamente a un joven de 20 o 30 años con indicios de aterosclerosis podría evitar que ese mismo individuo necesite tratarse durante décadas cuando sea mayor, porque nunca llegará a desarrollar la patología clínica.
Los especialistas advierten que la batalla contra las enfermedades cardiovasculares debe librarse sobre todo en el terreno de la prevención temprana. El estilo de vida moderno, con abundancia de comida ultraprocesada y sedentarismo, ha disparado la prevalencia de estos males: desde 1990 hasta hoy, el número de personas viviendo con enfermedad cardiovascular en el mundo se ha duplicado de 311 a 626 millones, según datos epidemiológicos globales. “Hoy en día disponemos de tratamientos magníficos para casi todas las patologías cardiovasculares; sin embargo, paradójicamente, los casos no dejan de aumentar”, reflexiona Ibáñez. “¿Qué estamos haciendo mal? Pues que llegamos tarde: fallamos en la prevención primaria. Cuando la enfermedad da la cara, la tratamos muy bien, pero si cada vez hay más pacientes es porque antes lo estamos haciendo fatal. Tenemos que poner todo el foco en prevenir”, enfatiza el cardiólogo.
Además de las estrategias médicas, los investigadores insisten en la importancia de las políticas de salud pública para combatir la epidemia de aterosclerosis. Ibáñez aboga por que las autoridades sean mucho más firmes contra la comida basura. “Yo sería ultraagresivo”, llega a decir. “Les diría a las grandes empresas que venden estos productos: ¿Quieres seguir comercializando comida insana? Pues prepárate para pagar impuestos”. La idea del cardiólogo es destinar esa recaudación a subvencionar alimentos saludables. En su propuesta, el dinero obtenido de gravar refrescos azucarados, snacks y productos ultraprocesados serviría para abaratar el aceite de oliva, las verduras, la fruta y otros pilares de la dieta equilibrada. De este modo, comer sano sería más accesible para todos y se desincentivaría el consumo de productos nocivos para el corazón.