China juega con ventaja en el gran tablero de las relaciones internacionales. Sin más ley que la del más fuerte, Pekín se impone en casi todas las áreas clave que determinarán la hegemonía mundial en los próximos años: la militar, la económica y la tecnológica. Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, ha redoblado la apuesta para tratar de frenar al gigante asiático, pero la fortuna no le acompaña. En esta partida global, China es como la banca del casino: casi siempre acaba ganando. Y Europa –mucho más que EE.UU.– paga las consecuencias de ese dominio, especialmente en la guerra de Ucrania y en su balanza comercial con los chinos.

Desde Bruselas se insiste en público en que China es un “partner” en ciertos ámbitos y un “competidor” en otros, si bien reconociéndola también como “rival sistémico”. Sin embargo, en privado muchos diplomáticos europeos la definen en términos más duros. “China dice ser socio de la Unión Europea, pero en realidad se comporta como un enemigo”, admite sin rodeos una fuente diplomática de la UE destinada en Pekín. La cooperación con Pekín se limita a terrenos muy acotados –como la protección de la biodiversidad o la lucha contra el cambio climático–, mientras que en las cuestiones estratégicas China actúa con una agresividad propia de un adversario. “China es mucho más enemigo que socio o competidor”, añade la misma fuente. Un vistazo a las cifras comerciales recientes refuerza esa percepción: entre 2017 y 2024, el PIB de China creció cerca de un 40%, pero las exportaciones de la UE hacia el mercado chino se redujeron aproximadamente un 30%. El resultado es un déficit comercial disparado que debilita a Europa.
Aliado de Moscú en la guerra de Ucrania
La guerra en Ucrania ha tensionado como nunca la relación entre Bruselas y Pekín. El presidente chino, Xi Jinping, ha brindado un respaldo implícito e incluso explícito al líder ruso Vladímir Putin en el conflicto ucraniano porque sabe que ese atolladero militar debilita a Estados Unidos y sus aliados. A Xi no le inquieta que la Unión Europea –uno de sus mejores clientes comerciales– se enfrente a un desafío existencial en su vecindario oriental. Pekín no dejará caer a Putin, porque la contienda en Ucrania consume recursos y atención de Washington que, de otro modo, estaría más volcado en Asia-Pacífico. Por esa misma razón, China vería con malos ojos que Moscú pactase con Washington una salida negociada a la guerra: una eventual reconciliación entre Rusia y EE.UU. podría derivar en una relación estrecha entre ambas potencias, algo que no conviene a Pekín. Hoy por hoy, Rusia se ha vuelto dependiente del apoyo económico y tecnológico chino, y Xi quiere que así continúe.
El alineamiento de Pekín con Moscú en este conflicto bélico preocupa profundamente en Europa. China no solo compra a Rusia el gas y el petróleo que alimentan la maquinaria de guerra del Kremlin, desoyendo las sanciones occidentales, sino que también le vende tecnología crucial. Empresas chinas suministran a Rusia componentes para fabricar drones avanzados, microchips y sistemas de comunicación, permitiendo al ejército ruso esquivar las restricciones. “Gracias a China, Rusia elude cerca del 80% de las sanciones que la UE le ha impuesto”, estima la fuente diplomática europea en Pekín. En otras palabras, el respaldo de Pekín a Moscú está prolongando la guerra en Ucrania, debilitando a Occidente a costa de la seguridad europea.
Desequilibrio comercial y dependencia estratégica
En el terreno económico, la Unión Europea se enfrenta a una situación cada vez más desigual frente a China. Pekín presume de un superávit comercial cercano al billón de dólares –una cifra récord histórica–, mientras la UE encadena déficits crecientes. China sigue creciendo en torno al 5% anual y se ha convertido en la fábrica del mundo, produciendo aproximadamente un tercio de todas las manufacturas del planeta. Sus industrias necesitan colocar esa inmensa producción en mercados externos, ya que el consumo interno chino no es suficiente para absorberla. Para lograrlo, el Gobierno de Xi mantiene su moneda, el yuan, artificialmente devaluada y, en ocasiones, permite que sus empresas exporten productos incluso vendiéndolos por debajo de coste con tal de conquistar cuota de mercado. Esta estrategia agresiva ha dado resultado: por ejemplo, desde que Estados Unidos elevó sus aranceles a las importaciones chinas hasta alrededor del 47%, Beijing redirigió sus mercancías a otros destinos, aumentando un 11% sus exportaciones hacia países con menos barreras comerciales. En suma, China consigue inundar el mercado global con bienes baratos, ganando terreno a la industria occidental.
Europa acusa especialmente ese embate. Su déficit comercial con China superó los 300.000 millones de euros el año pasado, y sigue ampliándose. Las empresas europeas encuentran enormes dificultades para competir en China –donde a menudo se topan con trabas y favoritismos hacia las compañías locales–, mientras los productos chinos dominan cada vez más sectores en Europa. “China juega con las cartas marcadas”, opina un alto funcionario comunitario: la combinación de subsidios estatales, control cambiario y prácticas de dumping comercial le otorga a Pekín una ventaja desleal en el comercio internacional.
Pekín tampoco duda en utilizar recursos estratégicos como arma de presión. Un ejemplo son las tierras raras, un conjunto de minerales indispensables en la industria tecnológica y de defensa. China controla aproximadamente la mitad de las reservas mundiales de tierras raras, lo que le proporciona un poder de negociación formidable. Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia-Pacífico del banco de inversión Natixis y analista del think tank Bruegel, recuerda que “China lleva años buscando la dependencia estratégica del mayor número de países posible”. Esta experta revela un episodio significativo ocurrido hace unas semanas: durante la cumbre de líderes en Busán, Xi Jinping habría amenazado a Donald Trump con cortar el suministro de tierras raras a Estados Unidos. “Trump reculó porque no tenía alternativa –explica García-Herrero–. Necesita esos minerales para la industria militar estadounidense”. La lección para Europa es clara: quien domina insumos críticos como las tierras raras puede dictar condiciones. De hecho, el Gobierno chino acaba de aprobar una nueva ley que le permitirá restringir la exportación de tierras raras a cualquier país que limite la entrada de productos chinos en su mercado. Según García-Herrero, medidas agresivas como esta probablemente continuarán el próximo año, alimentando más tensiones diplomáticas y ampliando los desequilibrios comerciales.
Paradójicamente, el propio modelo económico chino contiene las semillas de su posible conflicto con Occidente. El gigante asiático ha seguido una estrategia de crecimiento que algunos comparan con un neocolonialismo comercial: China gana y acumula excedentes, mientras muchas otras economías se endeudan o ven empeorar sus industrias locales. “No es un modelo sostenible en el largo plazo –advierte García-Herrero–, porque estos desequilibrios, históricamente, terminan desembocando en guerras o graves crisis”. Pese a ello, Pekín confía en prolongar su éxito actual el mayor tiempo posible, convencido de que su posición solo se refuerza con cada año que pasa sin una reacción efectiva de Europa.
Pekín, del Indo-Pacífico al Sur Global
En el ámbito geopolítico más amplio, China también está haciendo valer su nueva condición de superpotencia. La tensión en el Indo-Pacífico va en aumento: el régimen de Xi mantiene una fuerte presión militar sobre Taiwán, además de multiplicar los roces territoriales con vecinos aliados de Occidente, como Japón y Filipinas en el Mar de China Meridional. Cada semana se registran incursiones de aviones o buques chinos desafiando las líneas rojas de esos países, lo que hace temer un posible incidente. Sin embargo, algunos analistas creen que Pekín calibrará cuidadosamente hasta dónde llegar. El financiero Max de Bruyn, desde Hong Kong, opina que China no buscará un enfrentamiento abierto que ponga en peligro sus intereses económicos. “Seguirán ocurriendo escaramuzas entre el Ejército Popular de Liberación y sus rivales regionales”, reconoce De Bruyn, “pero Pekín suavizará las disputas territoriales para priorizar las relaciones económicas”. En otras palabras, China sabe que su prosperidad futura depende de mantener a raya los conflictos militares directos, concentrándose en ganar influencia mediante el comercio y las inversiones.
Esa estrategia económica le ha dado réditos especialmente en el llamado Sur Global. Pekín se presenta ante Asia, África y Latinoamérica como un socio de desarrollo alternativo al modelo occidental. “China se ve a sí misma como un país no occidental que prosperó dentro de un sistema creado por Occidente, y ahora ofrece al Sur Global un modelo de crecimiento diferente”, explica De Bruyn. En ese modelo se habla menos de valores democráticos y más de estabilidad y seguridad económica. A numerosos países de África, Asia y América Latina, Beijing les ofrece grandes inversiones en infraestructuras, préstamos y acuerdos comerciales sin las condicionalidades políticas o exigencias en derechos humanos que suelen acompañar la ayuda occidental. Para muchos gobiernos en desarrollo, esta propuesta resulta atractiva: implica recibir carreteras, puentes, ferrocarriles o redes 5G a cambio de lealtad política mínima y sin injerencias en su soberanía. “Pekín se vende como un socio más fiable que Estados Unidos porque –asegura De Bruyn– su único objetivo declarado es el desarrollo económico mutuo, no dar lecciones ni intervenir militarmente”. Esta diplomacia de la chequera ha ampliado significativamente la influencia china en el mundo, ganándole aliados y mercados en regiones donde la retórica de Washington sobre democracia o derechos genera menos entusiasmo que las inversiones tangibles provenientes de China.
Europa observa con inquietud cómo China expande sus tentáculos por todo el globo, a veces incluso en su propio patio trasero. Pekín ha invertido en puertos mediterráneos, redes energéticas y empresas tecnológicas europeas, lo que le otorga presencia y poder de decisión en sectores estratégicos. En Bruselas cunde el consenso de que China “no es un socio fiable”. La misma fuente diplomática europea en Pekín subraya que China ha demostrado su poca fiabilidad “con los controles políticos a las exportaciones de tierras raras”. Para la UE, depender de un proveedor que puede cortar suministros críticos por razones geopolíticas representa un riesgo inaceptable. Sin embargo, reducir esa dependencia resulta más fácil de proclamar que de llevar a la práctica.
Europa sin una respuesta clara
Hasta ahora, la Unión Europea no ha encontrado una fórmula eficaz para equilibrar la relación con China. Pese a las reiteradas declaraciones sobre “de-risking” (reducir riesgos) y diversificación de proveedores, la realidad es que las industrias europeas siguen atadas al mercado y las materias primas chinas. En su visita a Pekín a principios de este año, el presidente francés Emmanuel Macron advirtió que la UE podría tomar “medidas fuertes” si China no corrige sus prácticas comerciales desleales. Pero las palabras de poco sirven si no van acompañadas de hechos. Pekín, por su parte, sabe que tiene a Europa bien agarrada. “China nos tiene pillados”, admiten off the record algunos funcionarios en Bruselas, en alusión a la enorme interdependencia económica. Cada intento europeo de presión es contrarrestado con habilidad por las autoridades chinas.
Un ejemplo claro es el sector de la automoción eléctrica. Ante la avalancha de coches eléctricos baratos procedentes de China, la Comisión Europea abrió una investigación por dumping y planea imponer aranceles para proteger a los fabricantes locales. Lejos de amedrentarse, China respondió moviendo ficha: varias empresas chinas decidieron instalar fábricas en suelo europeo para seguir vendiendo sus vehículos sin sufrir esos aranceles. En España, por ejemplo, inversores chinos han resucitado la histórica marca Ebro para producir furgonetas eléctricas en la antigua planta de Nissan en Barcelona, asociándose con la firma Chery. Algo similar ocurre en Andalucía, donde el fabricante chino BAIC anunció la vuelta de la marca Santana en Linares (Jaén) para ensamblar vehículos eléctricos. Son inversiones relativamente modestas si se comparan con el tamaño del mercado europeo, pero estratégicamente muy efectivas: permiten a China esquivar las barreras comerciales que la UE intenta levantar. “Lo peor es que no tenemos un plan para revertir esta situación”, confiesa con preocupación otro diplomático europeo. “No tenemos una estrategia real ni para reducir el desequilibrio comercial, ni –sobre todo– para reducir la dependencia de China”, reconoce.
La dificultad para Europa es que cualquier acción coordinada tarda tiempo, y Pekín juega a largo plazo. La inversión china más importante actualmente en España ilustra esa dinámica: un consorcio asiático construye en Zaragoza una gigantesca fábrica de baterías para coches eléctricos, valorada en 4.100 millones de euros. Esa planta, una vez operativa, proveerá principalmente a las marcas de automóviles chinos que están desembarcando en Europa, abaratando sus costes logísticos y haciendo aún más competitivos sus modelos frente a los europeos. Para conseguir esta inversión, las autoridades españolas han tenido que aceptar condiciones excepcionales, como permitir que unos 2.000 trabajadores llegados de China participen en la construcción de la fábrica. Es decir, la tecnología y buena parte del conocimiento para un proyecto clave llegan directamente de China. Cuando la planta empiece a producir, consolidará la posición de los fabricantes chinos en el mercado europeo de vehículos eléctricos. Irónicamente, uno de los sectores estratégicos por excelencia en Europa –la industria automovilística– dependerá en parte de suministros y capital chinos en territorio europeo, dificultando que los fabricantes locales crezcan por sus propios medios.
China siempre gana, incluso pensando en el futuro. Observadores como Max de Bruyn señalan que las nuevas generaciones europeas miran a China con otros ojos. “Los jóvenes tienen cada vez más interés por las marcas chinas y viajan más a China”, comenta el analista. Esto implica que la próxima clase dirigente de Europa posiblemente percibirá a China de manera más positiva que sus antecesores. Pekín es consciente de que el relevo generacional juega a su favor: los futuros líderes europeos habrán crecido en un mundo donde China es omnipresente y puede que no vean en ella al adversario ideológico que ve la generación de la Guerra Fría. En ese escenario, la influencia china podría afianzarse aún más, a menos que Europa logre reducir su vulnerabilidad actual y hablar con una sola voz. Por ahora, el viejo continente sigue buscando cómo liberarse del abrazo del gigante asiático sin pagar un precio demasiado alto.