El primer ministro británico descarta dimitir pese a perder sus bastiones históricos, mientras el partido presiona para que fije una fecha de salida ante el auge de la extrema derecha y el nacionalismo.

A pesar de enfrentarse a uno de los peores reveses electorales en la historia del Partido Laborista, el primer ministro británico, Keir Starmer, ha dejado clara su postura: no tiene intención de abandonar el número 10 de Downing Street. Tras confirmarse el hundimiento de su formación en las elecciones autonómicas y municipales —marcado por la pérdida de Gales, la mitad de sus concejales en Inglaterra y su irrelevancia en Escocia—, Starmer ha admitido la gravedad de la situación, aunque confía en poder revertir la crisis sin renunciar a su cargo.
La hoja de ruta del premier pasa por aprovechar la falta de consenso entre sus posibles sucesores y el complejo sistema de relevo interno del partido. Su estrategia inmediata es pronunciar un discurso de contención este mismo lunes y presentar el miércoles en el Parlamento su nuevo programa legislativo, con la esperanza de que la tormenta política amaine en las próximas semanas. Starmer defiende que abandonar el liderazgo a mitad de mandato sumiría al país en el caos.
Sin embargo, a nivel interno, la rebelión ya está en marcha. Importantes figuras del grupo parlamentario y líderes sindicales exigen un cambio de rumbo. Entre bambalinas, los altos cargos del partido intentan convencer al primer ministro para que acepte una «fecha de caducidad», imitando la transición que Tony Blair pactó en su día con Gordon Brown, permitiendo así una retirada ordenada antes de las próximas elecciones generales.
Este relevo, no obstante, amenaza con desatar una feroz batalla interna. Figuras como Wes Streeting (ministro de Sanidad) y Angela Rayner (ex vice primera ministra) tienen prisa por posicionarse antes de que Andy Burnham (alcalde de Manchester) logre un escaño en los Comunes y entre en la disputa. A esto se suma que la oposición en bloque —desde la extrema derecha de Nigel Farage hasta los conservadores y los Verdes— exigiría elecciones generales inmediatas si Starmer renuncia, argumentando que un nuevo líder necesitaría la legitimidad de las urnas.
El mapa territorial: nacionalistas y extrema derecha ganan terreno
El escrutinio ha dibujado un escenario demoledor para los laboristas. En Gales, el partido ha sufrido una derrota humillante, perdiendo el poder por primera vez en 104 años y cayendo a la tercera posición. Eluned Morgan, la líder laborista galesa, ha perdido incluso su escaño. El nuevo ministro principal será Rhun ap Iorwerth, cuyo partido independentista, Plaid Cymru, ha logrado la victoria con 43 escaños, seguido de los 34 de Reforma (extrema derecha) y los escasos 9 del laborismo, configurando un nuevo gobierno de coalición progresista.
La tendencia de rechazo al centralismo se confirma en el resto del territorio: el Partido Nacional Escocés (SNP) ha asegurado su quinta victoria consecutiva, rozando la mayoría absoluta en Holyrood, mientras que en Irlanda del Norte gobierna el Sinn Fein. De este modo, tres de las cuatro naciones del Reino Unido cuentan ahora con ejecutivos de corte nacionalista.
En los comicios municipales de Inglaterra, la sangría laborista se traduce en la pérdida de la segunda ciudad del país, Birmingham, así como de históricos bastiones londinenses y aproximadamente 1.200 concejales. Los grandes beneficiados de este desplome han sido la extrema derecha de Reforma y, en menor medida, los Verdes, que han hecho historia al ganar sus primeras alcaldías en los distritos londinenses de Hackney y Lewisham.
El dilema ideológico de Starmer
El análisis de los resultados coloca al laborismo en una encrucijada estratégica de difícil solución. En el norte de Inglaterra (en localidades de fuerte tradición obrera como Hartlepool, Tameside o Blackburn), el partido ha sido arrasado por Reforma, lo que sugiere que su electorado tradicional exige políticas de inmigración más restrictivas. Por el contrario, en Londres y en los núcleos universitarios, un gran número de votantes de izquierda ha castigado al laborismo pasándose a los Verdes, motivados por el apoyo a Palestina y su simpatía por las políticas del ala más radical que en su día representó Jeremy Corbyn.
Si bien extrapolar estos resultados a unas elecciones generales es arriesgado, el actual 27% de los votos obtenidos por el partido de Nigel Farage lo situaría como primera fuerza, seguido de los conservadores (20%), los laboristas (15%) y un empate a 14% entre Verdes y liberales demócratas. Este panorama abriría la puerta a un gobierno de coalición liderado por la extrema derecha con el apoyo tory, un escenario que ya está fracturando al Partido Conservador entre quienes abogan por un bloque de derechas unificado y quienes temen ser absorbidos por el movimiento de Farage.
Mientras el diagnóstico del colapso divide a los analistas, Keir Starmer se niega a soltar el timón, dispuesto a resistir atrincherado en Downing Street mientras su formación se resquebraja a su alrededor.