En su intervención más dura hasta la fecha, el Papa ha alzado la voz desde la basílica de San Pedro para exigir el cese inmediato de las hostilidades. En el contexto del conflicto desencadenado por Israel y Estados Unidos contra Irán, el Pontífice ha denunciado la «idolatría de la fuerza» y ha advertido de que la humanidad se asoma a un abismo irreversible.

La diplomacia vaticana ha dado un paso al frente para abandonar la contención y pasar a la exigencia pública. Durante una solemne vigilia de oración por la paz celebrada este sábado en la basílica de San Pedro, el papa León XIV pronunció un discurso de una contundencia inusual, dirigido directamente a las potencias globales. Con un vehemente «¡Deténganse!», el Pontífice exigió a los gobernantes asumir sus «responsabilidades ineludibles» frente a una coyuntura internacional que calificó de «pesadilla nocturna».
El mensaje central del Papa giró en torno a la desestabilización de los equilibrios globales, provocada por lo que describió como un «delirio de omnipotencia que se vuelve cada vez más imprevisible y agresivo». En una clara condena a la escalada militar, exigió poner fin a «la idolatría de uno mismo y del dinero» y al exhibicionismo de la fuerza militar.
Un mensaje con eco directo en Washington
Aunque el protocolo diplomático del Vaticano suele evitar señalar explícitamente a los Estados, el discurso de León XIV (nacido en Chicago) dejó alusiones diáfanas dirigidas a la Casa Blanca y a sus aliados. El Pontífice censuró con dureza a quienes instrumentalizan la religión para justificar los conflictos bélicos, lamentando que «incluso el Santo Nombre de Dios —el Dios de la vida— es arrastrado en discursos de muerte».
Para ilustrar la tragedia humana que subyace bajo las decisiones geopolíticas, el Papa reveló que recibe cartas de niños que viven en zonas de conflicto. En sus palabras, estas misivas exponen «con la verdad de la inocencia, todo el horror y la inhumanidad de acciones de las que algunos adultos se jactan con orgullo». Una frase que resuena como una crítica frontal a la retórica triunfalista que a menudo acompaña a las operaciones militares.
El coste político de la paz
León XIV no eludió las consecuencias de su posicionamiento. En un escenario de máxima polarización, el Papa admitió que rechazar la lógica bélica y abogar por la diplomacia puede acarrear «incomprensión y desprecio» por parte de ciertos sectores políticos. Sin embargo, asumió ese coste como un deber ineludible de su pontificado.
Entroncando con el histórico legado pacifista de sus predecesores, desde Pablo VI hasta Juan Pablo II, el actual líder de la Iglesia católica concluyó su intervención con una máxima inapelable para forzar el retorno a las mesas de negociación: «Es tiempo de paz. Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra». Una advertencia que subraya que la diplomacia no es una simple opción moral, sino la única vía para evitar la aniquilación.