Opinión

La batalla por las materias primas: cómo las guerras sacuden la economía española

Los conflictos internacionales tienen repercusiones que van más allá del campo de batalla. Guerras como la de Ucrania o la crisis en Gaza desencadenan efectos dominó sobre el mercado global de materias primas, alterando precios y suministro de recursos cruciales. España, como economía integrada en los mercados mundiales, sufre de primera mano estas consecuencias. Desde el gas natural que alimenta nuestras centrales eléctricas hasta el trigo con el que se elabora el pan, cada sector estratégico siente el impacto. En este artículo exploramos cómo las tensiones geopolíticas recientes están encareciendo la energía, dificultando el acceso a alimentos básicos, tensionando a la industria con escasez de metales y poniendo a prueba la seguridad farmacéutica. Abordaremos también las implicaciones legales y estratégicas de estas crisis, y cómo España y sus instituciones responden para proteger su economía y asegurar el abastecimiento en tiempos convulsos.

Un campo de trigo arde en Ucrania tras un bombardeo en 2025. Los conflictos bélicos destruyen infraestructuras y cultivos, agravando la escasez de materias primas alimentarias a nivel mundial. España, importadora neta de cereal, sufre las consecuencias de estas interrupciones en la cadena de suministro.

Energía en tensión: gas y petróleo bajo presión geopolítica

Los combustibles fósiles suelen ser los primeros afectados cuando estalla un conflicto internacional. La guerra de Ucrania, iniciada en 2022, provocó una escalada vertiginosa en los precios del gas natural y el petróleo. Rusia era hasta entonces uno de los principales proveedores de energía de Europa, y los combates y sanciones desencadenaron incertidumbre sobre su suministro. El resultado fue un encarecimiento inmediato: en las primeras semanas del conflicto el barril de petróleo Brent llegó a subir en torno a un 30%, mientras que el precio del gas en el mercado europeo marcó récords históricos. Incluso en España –país con menor dependencia directa del gas ruso– el impacto se sintió en la factura eléctrica, dado que el gas fija el precio marginal en el mercado de la luz. Este choque agravó la inflación energética que ya venía gestándose desde finales de 2021, llevando los precios de la electricidad y los carburantes a niveles sin precedentes.

Tras la invasión rusa, la Unión Europea respondió con sanciones energéticas que alteraron los flujos comerciales. En 2022 Bruselas vetó la importación de petróleo ruso por vía marítima, forzando a países como España a redirigir sus compras de crudo hacia otros productores (Oriente Medio, África o Estados Unidos). Paradójicamente, el gas natural ruso siguió llegando a Europa en forma de gas natural licuado (GNL) –no sujeto al embargo– y España se convirtió en uno de los mayores importadores europeos de GNL ruso durante la guerra. Al mismo tiempo, para reemplazar el gas ruso canalizado por tuberías, las empresas españolas aceleraron contratos de suministro con Estados Unidos: en 2022 la importación de GNL estadounidense por parte de Europa aumentó un 140%, y España pasó a ser el tercer destino europeo de ese gas. Esta diplomacia energética llevó a que, entre 2022 y 2024, España gastase del orden de 40.000 millones de euros en compras de hidrocarburos a EEUU y Rusia, triplicando la proporción que esas dos potencias representaban en nuestra cesta energética antes del conflicto. La diversificación tuvo éxito en evitar cortes de suministro, pero a costa de pagar precios mucho más altos y de aumentar la dependencia de proveedores lejanos.

No solo la guerra de Ucrania ha tensionado el mercado energético. Cualquier estallido en regiones productoras eleva la volatilidad. Por ejemplo, la reciente escalada bélica entre Israel y Hamás en Gaza (finales de 2023) generó temor a una conflagración mayor en Oriente Medio. Aunque la producción de petróleo no se interrumpió directamente, el riesgo geopolítico añadió una prima al mercado: el crudo subió alrededor de un 5% en los días posteriores al inicio de las hostilidades en Gaza, reflejando el nerviosismo de los inversores. Estos repuntes moderados muestran cómo la mera posibilidad de una ampliación del conflicto (por ejemplo, que Irán u otros países del Golfo Persa se involucren) basta para encarecer temporalmente la energía a nivel global. España, que importa casi todo el petróleo que consume, nota inmediatamente esos vaivenes en el precio de la gasolina y el diésel. De hecho, en 2022 y 2023 el Gobierno español tuvo que intervenir con medidas de alivio –como la bonificación generalizada de 20 céntimos por litro de combustible– para amortiguar el golpe al bolsillo de ciudadanos y transportistas.

Más allá de los precios, los conflictos han revelado puntos débiles en la seguridad de suministro energético de España. La guerra de Ucrania coincidió con una crisis diplomática entre España y Argelia (otro proveedor clave de gas) por discrepancias sobre el Sáhara Occidental. En 2021 Argelia llegó a cerrar el gasoducto Magreb-Europa que atravesaba Marruecos, obligando a España a depender exclusivamente del gasoducto directo Medgaz y de los envíos de GNL por barco. Este episodio, junto con la volatilidad global, puso de relieve la vulnerabilidad de quedar expuesto a decisiones geopolíticas ajenas. Como respuesta, España y el resto de la UE han reforzado sus estrategias energéticas: llenado de reservas estratégicas de gas antes del invierno, acuerdos con nuevos proveedores (desde Qatar hasta Nigeria) y aceleración de las energías renovables para reducir la dependencia de combustibles importados. También se adaptó el marco legal: la UE relajó temporalmente sus normas de mercado eléctrico para permitir en la península ibérica el llamado “mecanismo ibérico”, un tope al precio del gas destinado a generación eléctrica que entró en vigor en 2022. Gracias a esta excepcionalidad regulatoria, España consiguió abaratar transitoriamente el coste de la luz frente al resto de Europa, demostrando la importancia de la acción institucional coordinada durante la emergencia.

Alimentación en jaque: trigo, fertilizantes y costes agrícolas

La seguridad alimentaria mundial recibió un duro golpe con la guerra en Ucrania. Ucrania y Rusia son potencias agrícolas de primer orden, suministrando una parte significativa del trigo, el maíz, el aceite de girasol y otros granos en el mercado global. Cuando los puertos del Mar Negro quedaron bloqueados por el conflicto, millones de toneladas de cereal quedaron atrapadas, disparando su cotización internacional. En la primavera de 2022 el precio del trigo alcanzó máximos en una década, lo que se tradujo en encarecimientos del pan, la pasta y los piensos para ganadería en países importadores netos como España. Ante la escasez, algunos gobiernos adoptaron medidas proteccionistas: por ejemplo, India prohibió sus exportaciones de trigo para asegurar el abasto interno, exacerbando la tensión en el mercado. España, que importa aproximadamente la mitad del cereal que consume (sobre todo para alimentación animal), se encontró compitiendo en un contexto de oferta menguante y precios al alza. Esto elevó los costes para el sector ganadero y contribuyó a una inflación alimentaria que en 2022-2023 se reflejó en la cesta de la compra (desde el pan hasta la leche, al subir también los piensos del ganado).

Una sorprendente consecuencia del conflicto es que Ucrania, pese a la guerra, se ha convertido en un proveedor aún más crucial para España. Antes de 2022, Francia era el principal origen de las importaciones españolas de cereal y Ucrania ocupaba el segundo lugar. Tras tres años de guerra, Ucrania ha escalado al primer puesto: las importaciones de grano ucraniano por parte de España se han triplicado, pasando de unos 2,5 millones de toneladas en 2021 a más de 10 millones en 2024. Esto ha sido posible gracias a esfuerzos internacionales para habilitar rutas seguras (el llamado “corredor de los cereales” acordado en 2022 bajo mediación de Turquía y la ONU) y al impulso de la UE para integrar comercialmente a Ucrania. La Unión Europea eliminó aranceles y cuotas a los productos agrícolas ucranianos, facilitando que el trigo y el maíz de Kiev encontraran salida hacia mercados como el español. Si bien esto garantizó suministro y ayudó a estabilizar los precios en 2023 respecto al pico inicial, también generó roces políticos: algunos países del este de Europa protestaron por la entrada masiva de grano ucraniano compitiendo con sus agricultores locales. España, al ser deficitaria en cereales, apoyó mantener abiertas las importaciones y ha visto en Ucrania un aliado estratégico para asegurar su despensa en tiempos de guerra, a la vez que apoya la economía ucraniana.

Otro pilar afectado por la guerra ha sido el de los fertilizantes. Rusia y Bielorrusia figuran entre los mayores exportadores mundiales de fertilizantes nitrogenados (como la urea) y potásicos. Las sanciones internacionales y la interrupción del comercio con estos países en 2022 provocaron un desabastecimiento relativo y, sobre todo, un encarecimiento sin precedentes de los fertilizantes. A ello se sumó el altísimo precio del gas natural, materia prima esencial para fabricar fertilizantes nitrogenados en Europa. Como resultado, los precios de productos como la urea, el amoniaco o la potasa llegaron a multiplicarse por tres o más respecto a 2021. Por ejemplo, la tonelada de urea superó en 2022 los 900€ en el mercado internacional, cuando uno o dos años antes costaba una tercera parte. Este “shock” de insumos encareció los costes de siembra para agricultores de todo el mundo. En España, muchos ganaderos y agricultores redujeron la fertilización de sus campos ante los precios prohibitivos, empleando alternativas como estiércol donde fue posible. Sin embargo, esas soluciones de emergencia no siempre bastan: menor fertilización puede significar menores rendimientos en las cosechas, agravando a la larga la disponibilidad de alimentos.

Las instituciones reaccionaron para contener la crisis de fertilizantes. La UE inicialmente exceptuó algunos fertilizantes de las sanciones a Rusia para no ahogar a sus agricultores, pero posteriormente aprobó aranceles antidumping sobre los abonos rusos y bielorrusos buscando estimular la producción interna y de países aliados. España, por su parte, articuló ayudas directas al sector agrario para la compra de fertilizantes y abrió negociaciones con nuevos proveedores (por ejemplo, aumentando compras de fertilizantes marroquíes, dado que Marruecos es líder en fosfatos). Legalmente, estos conflictos han puesto de relieve la necesidad de considerar a ciertos productos agrícolas y sus insumos como bienes estratégicos. Garantizar el suministro de trigo o fertilizantes ya no es solo una cuestión de mercado, sino de seguridad nacional y estabilidad social. En este sentido, España y sus socios europeos han reforzado las reservas de cereales y creado mecanismos de seguimiento de inventarios, para anticipar y mitigar posibles desabastecimientos de alimentos básicos en escenarios de crisis.

Industria al límite: metales, minerales críticos y fabricación

El sector industrial tampoco escapa al temblor de los conflictos geopolíticos, en particular en lo relativo a metales estratégicos y tierras raras. La invasión rusa sacudió mercados como el del níquel, el aluminio o el paladio, donde Rusia es un actor dominante. En marzo de 2022, por ejemplo, el precio del níquel se disparó tan abruptamente ante el temor de sanciones que la Bolsa de Metales de Londres tuvo que suspender su cotización temporalmente. Este metal es esencial para aceros inoxidables y baterías, por lo que industrias europeas (incluyendo acerías y fabricantes de componentes en España) enfrentaron un aumento brusco de costes y problemas para aprovisionarse. De igual modo, el paladio –usado en catalizadores de automóviles– subió de precio al provenir en gran medida de Rusia. Si bien la UE excluyó inicialmente a muchos metales de las sanciones para no perjudicar a su industria, empresas europeas comenzaron a buscar suministros alternativos (reciclaje o proveedores de otros países) por precaución. Legalmente, esto reavivó el debate sobre la autonomía estratégica: ¿debe Europa depender de un rival geopolítico para materiales tan básicos? La respuesta ha sido impulsar políticas para diversificar fuentes, incluso estudiando la creación de reservas estratégicas de ciertos metales críticos como se hace con el petróleo.

Más allá de Rusia, otro frente de vulnerabilidad industrial está en China. China controla una proporción abrumadora de la producción y refinado de tierras raras y metales raros indispensables para alta tecnología (desde el litio y el cobalto para baterías hasta las tierras raras para imanes en aerogeneradores, coches eléctricos o misiles). Si bien no hay una guerra abierta con China, las tensiones comerciales y tecnológicas entre Oriente y Occidente han ido en aumento. En 2023, en pleno contexto de rivalidad geopolítica, China impuso restricciones a la exportación de materiales clave para semiconductores (como el galio y el germanio), mostrando que está dispuesta a usar su posición de suministro como arma de presión. Europa teme que algo similar ocurra con las tierras raras en caso de escalada de la disputa comercial o ante un hipotético conflicto en Asia. Un corte del flujo de estos elementos paralizaría industrias enteras en cuestión de semanas. Para España, que aspira a desarrollar industrias punteras (vehículo eléctrico, energías renovables, electrónica), asegurar el acceso a estos minerales críticos se ha vuelto prioritario en la agenda estratégica.

La respuesta institucional ha sido contundente en este ámbito industrial. La Unión Europea lanzó en 2023-2024 la Ley de Materias Primas Críticas (Critical Raw Materials Act), un paquete normativo que busca reducir la dependencia europea de países terceros en la provisión de minerales esenciales. Esta ley identifica una serie de materias primas fundamentales (litio, cobalto, níquel, tierras raras, entre otras) y fija objetivos ambiciosos: por ejemplo, que la UE pueda extraer dentro de su territorio al menos el 10% de su consumo anual de estos materiales, y reciclar otro porcentaje importante, para 2030. Para lograrlo, la ley agiliza los permisos y financiación para proyectos mineros estratégicos. España destaca en esta estrategia, ya que el suelo español alberga yacimientos prometedores. Se han identificado siete posibles minas en España para extraer tierras raras y otros metales, localizadas en regiones como Galicia, Castilla-La Mancha, Extremadura y Andalucía, con potencial para abastecer una parte de la demanda europea. Bruselas cofinanciará su desarrollo y ha simplificado trámites administrativos: lo que antes podían ser hasta 10 años de gestiones medioambientales y licencias, ahora se pretende reducir a unos 2 años para las minas estratégicas. Eso sí, estos proyectos deben cumplir estrictos estándares ambientales y sociales, buscando un equilibrio entre la urgencia industrial y la protección del entorno.

Otra medida clave ha sido fortalecer alianzas comerciales enfocadas en materias primas. La UE y España están firmando acuerdos con países aliados (Canadá, Australia, países africanos) para asegurar el acceso estable a litio, cobre, uranio y otros insumos industriales en caso de disrupciones desde Rusia o China. En paralelo, se fomenta la economía circular: por ejemplo, recuperar metales de baterías usadas o chatarra electrónica para depender menos de la minería externa. La industria española, desde fabricantes de automóviles hasta empresas de aerogeneradores, también está adaptando sus cadenas de suministro. Muchas compañías realizan “auditorías de riesgo” de sus proveedores, intentando no depender de un solo país para componentes críticos. El valor estratégico de estos materiales nunca fue tan evidente: quien controle su suministro tendrá ventaja tecnológica y económica, y los conflictos recientes han dejado claro que España y Europa no pueden darse el lujo de la dependencia extrema en este terreno.

Productos farmacéuticos y salud: una dependencia inquietante

Si la pandemia de COVID-19 ya había encendido las alarmas sobre la dependencia sanitaria, las tensiones geopolíticas actuales las han confirmado. España y sus vecinos europeos enfrentan periódicamente escasez de medicamentos esenciales, desde antibióticos hasta analgésicos, en buena medida porque la fabricación de sus componentes activos está altamente concentrada en Asia (China e India principalmente). Un informe reciente de la Agencia Española de Medicamentos señalaba que en 2024 hubo más de 2.500 presentaciones farmacéuticas con problemas de suministro en España. Aunque en la mayoría de casos existían alternativas o la situación se resolvió, cerca de 200 medicamentos críticos (sin sustituto terapéutico) se vieron afectados, lo que supone un riesgo directo para la atención sanitaria. Detrás de estas carencias subyace un factor geoeconómico: alrededor del 70% de los principios activos que usan las farmaceúticas europeas se fabrican fuera de Europa, principalmente en China e India. Esto significa que cualquier disrupción –sea un conflicto, una decisión política o incluso un problema industrial local– en esos países puede dejar a nuestros hospitales desabastecidos.

Las guerras y conflictos pueden impactar al sector farmacéutico de formas indirectas pero profundas. Por ejemplo, la guerra de Ucrania encareció la energía y ciertas materias primas químicas, volviendo menos rentable producir medicamentos en Europa justo cuando más se necesitaban. También alteró rutas logísticas: fármacos y equipamientos médicos que antes se transportaban por vía aérea o terrestre desde Asia sufrieron retrasos al reordenarse el espacio aéreo y las fronteras de Europa del Este. Más hipotéticamente, un choque mayor entre potencias (EEUU/Europa frente a China o en el Indo-Pacífico) podría generar escasez aguda de medicamentos si se cortan suministros. Los analistas hablan de “soberanía farmacéutica” como la nueva prioridad: garantizar que en caso de crisis global España no dependa al 100% de fábricas a diez mil kilómetros para obtener antibióticos, anestésicos o vacunas.

En este sentido, 2023 y 2024 han visto un despertar regulatorio. La Comisión Europea presentó la Ley de Medicamentos Críticos, con el objetivo de fomentar la producción local de fármacos esenciales y reducir la dependencia exterior. Esta iniciativa propone incentivos fiscales, simplificación de trámites y apoyo a la innovación para que empresas fabriquen en suelo europeo aquellos medicamentos y principios activos considerados estratégicos (por ejemplo, antibióticos básicos, tratamientos para enfermedades crónicas comunes y material sanitario indispensable). Asimismo, busca coordinar a los países miembros en la gestión de stocks de seguridad: mantener reservas mínimas de medicamentos críticos, del mismo modo que existe almacenamiento estratégico de petróleo o cereales. En paralelo, España lanzó su propio Plan de Garantía de Abastecimiento de Medicamentos 2025-2030, que refuerza esta visión a largo plazo. El plan nacional contempla medidas como identificar los fármacos estratégicos para la salud pública, estimular la fabricación nacional o europea de los mismos (incluso con posibles compras centralizadas o contratos de reserva), y mejorar la transparencia sobre la cadena de suministro farmacéutica. Todo ello con la lección aprendida de los últimos años: la salud de la población no puede quedar a merced de interrupciones globales, y es necesaria una intervención pública decidida para asegurarla.

Conclusiones: hacia una nueva resiliencia estratégica

Las recientes crisis internacionales han subrayado el valor estratégico de las materias primas y recursos básicos para España. Ya no se trata solo de ventajas comparativas o del libre comercio irrestricto, sino de considerar la seguridad económica nacional. Energía, alimentos, minerales, fármacos: son pilares cuyo suministro seguro y asequible debe estar garantizado incluso bajo escenarios de guerra o alta tensión geopolítica. Esta toma de conciencia está impulsando cambios en la política económica y exterior de España. Por un lado, nuestras empresas y mercados se ven obligados a adaptarse rápidamente, diversificando proveedores, aceptando precios más altos a corto plazo o innovando para usar recursos alternativos. Por otro lado, el Estado y las instituciones europeas han vuelto a ocupar un rol central: mediante leyes, regulaciones y acuerdos internacionales, están configurando un escudo para proteger a los ciudadanos y a la industria de los vaivenes externos.

España, en cooperación con la UE, ha desplegado un abanico de medidas legales y comerciales sin precedentes en tiempos recientes. Desde sanciones económicas para frenar agresiones (con el coste asumido que conllevan), hasta la firma de nuevos tratados de suministro energético; desde la flexibilización normativa para levantar minas estratégicas o fábricas de medicamentos, hasta la creación de reservas y mecanismos de supervisión de inventarios críticos. Esta respuesta legal-económica es compleja pero necesaria: se trata de equilibrar las reglas del mercado con las necesidades de seguridad nacional. Temas como la transición ecológica, la política agraria o la autonomía militar se entrelazan con la disponibilidad de materias primas, lo que exige una visión integral.

En última instancia, cada conflicto internacional pone a prueba la resiliencia de España en materia de recursos básicos. La guerra de Ucrania enseñó la urgencia de independizarnos del gas ruso; las tensiones en Oriente Medio recuerdan que el petróleo sigue siendo el talón de Aquiles de muchas economías; las disputas comerciales con China evidencian que la próxima pugna puede librarse en el terreno de los minerales raros o los microchips. Prepararse para ese mundo incierto es la tarea en marcha. España avanza, junto a sus socios, hacia un modelo más robusto: diversificando abastecedores, apoyando alianzas estratégicas, impulsando lo local donde sea viable, y reforzando el papel del derecho y las instituciones en la protección de las materias primas que sostienen nuestra sociedad moderna. Solo así podremos afrontar con éxito el desafío de mantener encendidas las luces, llenos los graneros, activas las fábricas y abastecidos los hospitales, incluso cuando arrecia la tormenta internacional.