Opinión

Cuando tu vida se convierte en pleito: del caos al orden en los conflictos civiles, según la abogada Elmira Parikyan

Divorcios, herencias, reclamaciones entre particulares o estafas: muchos conflictos civiles acaban desbordando a quienes los sufren. En esta entrevista, Elmira Parikyan, abogada en Barcelona de reconocida trayectoria en conflictos civiles, pleitos entre particulares y derecho penal económico, explica con un lenguaje claro cuándo conviene negociar, mediar o acudir a los tribunales y cómo transformar un expediente complejo en un plan de acción comprensible. Su experiencia internacional aporta una visión amplia y moderna del Derecho y demuestra que la justicia puede ser cercana y humana sin perder rigor ni eficacia.

Un divorcio contencioso, una disputa por una herencia familiar, la reclamación por un negocio que salió mal o el engaño de una estafa: los conflictos legales entre particulares son situaciones comunes que, sin embargo, suelen dejar a la gente corriente en una encrucijada de incertidumbre. La complejidad del lenguaje jurídico y la frialdad de los tribunales a menudo hacen que buscar justicia parezca un camino oscuro reservado a expertos. En este contexto, cobra relevancia quien logra traducir esos pleitos en soluciones claras y humanas, acercando el Derecho a las personas de a pie. Elmira Parikyan, abogada establecida en Barcelona, se ha convertido en un referente precisamente por eso: por transformar los conflictos civiles en respuestas comprensibles, con estrategia pero también con cercanía.

Desde su despacho en la Ciudad Condal, Parikyan aborda cada caso con una filosofía sencilla en su enunciado pero poderosa en la práctica: escuchar, ordenar, planificar y ejecutar. Esta abogada, formada con rigor y apasionada por su profesión, entiende que detrás de cada expediente legal hay una historia humana que necesita ser atendida con claridad y empatía. Habla seis idiomas y ha trabajado en varios países, una experiencia que aporta a su práctica jurídica una perspectiva amplia e internacional. Tras haber trabajado en varias multinacionales y en una firma de las Big Four, Elmira Parikyan podría haberse centrado exclusivamente en el Derecho corporativo. Sin embargo, ha optado por dedicar buena parte de su práctica a los conflictos civiles que inciden directamente en la vida de las personas. Su motivación es clara: ‘El Derecho no sirve de nada si las personas no lo entienden ni pueden usarlo para resolver sus problemas’, afirma con convicción. Fiel a esta idea, ejerce con el propósito de que la Justicia sea comprensible y accesible para todos, combinando cercanía con el máximo rigor técnico.

De la escucha a la acción: un método paso a paso

Parikyan define su aproximación profesional en cuatro verbos: escuchar, ordenar, planificar y ejecutar. Lejos del estereotipo del abogado que impone desde el primer momento su opinión, Elmira comienza escuchando atentamente la versión de su cliente. Cada conflicto legal es, en primera instancia, un conflicto humano, y por eso dedica el tiempo necesario a que la persona explique sus preocupaciones, sus objetivos y también sus temores. Esta escucha activa no solo le permite reunir datos clave, sino que empieza a forjar la confianza mutua: el cliente siente que su voz es tenida en cuenta y el abogado puede comprender a fondo la situación. “Si no escuchas de verdad, te pierdes la mitad del problema”, comenta Elmira, señalando que muchas veces, entre las emociones y la confusión inicial, el cliente no sabe por dónde empezar a explicar lo que le ocurre. La tarea del abogado en esa fase es hacer las preguntas adecuadas y, sobre todo, demostrar empatía y respeto.

El siguiente paso es ordenar. Una vez recabados los hechos y documentos, Parikyan procede a poner orden en el caos: identifica qué es relevante jurídicamente, separa lo urgente de lo secundario y esclarece cuáles son los derechos en juego. Este proceso de ordenación tiene un efecto calmante para el cliente: ver su caso esquematizado y entendido aporta una primera “solución clara”, incluso antes de entrar en el juzgado. Elmira es conocida por su habilidad para explicar con claridad cuál es la situación legal de partida y qué opciones reales existen, sin tecnicismos innecesarios ni sorpresas ocultas. “Nuestro objetivo es dar respuestas claras y soluciones jurídicas adaptadas a cada situación”, sostiene, reflejando la filosofía de su boutique legal (KP LEX, despacho de abogados en Barcelona). En esta etapa, la comunicación eficaz es crucial: traducir el lenguaje legal al lenguaje del cliente, con honestidad y sin falsas expectativas, sienta las bases de una estrategia ganadora. De hecho, en la práctica contemporánea se valora cada vez más que el abogado hable un lenguaje accesible, enfocándose en soluciones y dejando atrás los latinajos intimidantes. Parikyan lo tiene muy presente: “Un plan legal solo funciona si el cliente lo comprende y lo comparte”, afirma. Por eso, ordenar no es solo una tarea interna de análisis, sino un ejercicio de pedagogía: poner en limpio el caso para que el propio cliente entienda dónde se encuentra y qué caminos puede tomar.

Con las piezas ya en su sitio, llega el momento de planificar. Aquí es donde Elmira Parikyan despliega su faceta estratégica. Planificar significa trazar un mapa de acción: puede implicar preparar una demanda sólida, anticipar la defensa de la otra parte, recopilar pruebas o diseñar una línea de negociación. Cada plan es a medida, porque cada conflicto tiene matices únicos. “No hay dos casos iguales, pero la claridad en el método da seguridad”, explica. Parikyan involucra al cliente en esta planificación, decidiendo juntos la ruta: ¿es preferible intentar un acuerdo amistoso? ¿Será necesaria una mediación formal? ¿O no queda más remedio que ir a juicio? La decisión no se toma a la ligera. Como abogada con experiencia tanto en pleitos civiles como en causas penales económicas, Elmira evalúa riesgos y beneficios de cada vía antes de recomendar la estrategia óptima. Esta forma de pensamiento estratégico –anticipar resultados y sopesar riesgos– es clave en el éxito de cualquier abogado moderno. “A veces ganar un juicio puede significar perder una relación o mucho tiempo; otras veces, ceder un poco en un acuerdo puede ahorrarte años de desgaste. Hay que planificar con la cabeza fría pero escuchando el corazón del cliente”, resume, enfatizando ese equilibrio entre lo jurídico y lo humano.

Finalmente, Parikyan pasa a la ejecución. Si han decidido litigar, ella se volcará en la fase procesal con la tenacidad y el rigor técnico que la caracterizan. Quienes la han visto en sala describen una abogada que argumenta con firmeza pero sin aspavientos, hilando hechos y normas en un relato coherente que cualquier oyente puede seguir. “El buen abogado no es el que más palabras usa, sino el que hace que sus palabras generen claridad, confianza y acción”, escribió un especialista en comunicación legal, una máxima que Elmira parece aplicar al pie de la letra. En juicio, su meta es convencer sin intimidar, presentando los argumentos de forma estructurada y comprensible tanto para el juez como para su propio cliente. Si, por el contrario, la estrategia elegida fue negociar, Elmira afronta la mesa de negociación con la misma preparación que si estuviera ante un tribunal. Defiende los intereses de su cliente con asertividad pero también con la flexibilidad necesaria para encontrar puntos de acuerdo. Escucha, ordena, planifica y ejecuta. Puede sonar simple, pero implica una disciplina y dedicación que se reflejan en la calma con que sus clientes atraviesan, de su mano, incluso litigios muy complejos.

Cuando el Derecho se cruza con la vida cotidiana

Divorcios, herencias, arrendamientos, deudas entre particulares… Son conflictos de la vida diaria que, sin un asesoramiento adecuado, pueden escalar hasta volverse amargos y desgastantes. Elmira Parikyan ha llevado numerosos casos de Derecho de familia, desde divorcios de mutuo acuerdo hasta disputas por custodias y pensiones. Sabe que en estos asuntos el componente emocional es altísimo: “Cuando una familia se rompe, el sufrimiento nubla la perspectiva legal”, señala. Por eso, su primera labor es aportar serenidad y objetividad. En un divorcio conflictivo, por ejemplo, Parikyan procura separar los agravios personales de los temas concretos a resolver (el cuidado de los hijos, la vivienda, el reparto de bienes). Su método de escuchar y ordenar resulta especialmente útil aquí: cada cónyuge siente que su historia es comprendida, pero luego la abogada presenta un guion claro de los puntos a negociar o litigar, evitando que la conversación se disperse en reproches. Claridad y empatía van de la mano en su enfoque. Al hablar con ella, según relatan algunos clientes, descubren que “la ley de familia no tiene por qué ser un laberinto incomprensible”, pues Elmira la explica en términos llanos, poniendo ejemplos prácticos de lo que significa, por ejemplo, la custodia compartida o la liquidación del régimen económico matrimonial. En más de un caso, esa pedagogía legal ha facilitado acuerdos antes de llegar al juzgado, simplemente porque las partes entendieron sus derechos y obligaciones sin interpretaciones erróneas.

En el terreno de las herencias, Parikyan se ha enfrentado a situaciones delicadas: hermanos enfrentados por el patrimonio de sus padres, testamentos confusos, bienes ocultos… Aquí combina mano izquierda con rigor documental. “Hay que ser muy transparente y ordenada. Una herencia se resuelve con números claros, pero sin olvidar que detrás hay sentimientos –duelos, recelos acumulados–”, explica. Su experiencia en Derecho civil abarca estos procedimientos sucesorios, y aborda cada expediente como un puzzle: primero reúne todas las piezas (propiedades, cuentas, últimas voluntades), las organiza y luego propone un reparto o una estrategia legal justa. Cuando la negociación familiar es posible, Elmira la fomenta actuando casi como mediadora; si es inevitable ir a litigio, prepara una demanda sólida que desbroza hasta el último detalle técnico, de forma que el juez lo tenga fácil para tomar una decisión. Ella insiste en la comunicación con el cliente: “No sirve ganar un pleito de herencia si la familia siente que no se les explicó nada. Yo mantengo informados a mis clientes de cada paso, para que no pierdan la confianza en el proceso”. Esa confianza, fundamento de la relación abogado-cliente, exige del letrado una conducta íntegra, honesta y leal, valores que Parikyan considera no negociables.

Otra faceta importante de su labor son las reclamaciones entre particulares y los litigios civiles en general: desde un vecino que incumple un contrato de compraventa hasta un antiguo socio que debe rendir cuentas. En estos casos, a veces menos pasionales pero igualmente confusos para quien no es jurista, Elmira aplica su método casi como una consultora: primero entiende el negocio o la relación subyacente al conflicto, luego traduce el problema al lenguaje legal (¿es un incumplimiento contractual? ¿un daño y perjuicio? ¿un enriquecimiento injusto?) y diseña la estrategia. Un cliente que la contactó por un impago notable relata cómo agradeció la franqueza de Parikyan al exponerle las posibilidades reales: “Me dijo claramente qué podíamos conseguir en juicio y qué no; con esa información, decidí negociar”. Y es que una de las quejas más comunes de la gente hacia los abogados es sentirse a oscuras sobre su propio caso. Elmira rompe con esa opacidad manteniendo un hilo de comunicación constante. Orden y claridad significan también entregar por escrito al cliente esquemas sencillos de la evolución de su asunto, copia de los escritos presentados y resúmenes de cada resolución judicial. “La transparencia genera tranquilidad”, asegura, convencida de que un cliente informado afronta con mucha más fortaleza cualquier pleito.

Mención especial merece la experiencia de Elmira Parikyan en Derecho penal económico y fraudes, un campo que no todos los civilistas dominan pero que resulta valioso en ciertos litigios entre particulares. En ocasiones, detrás de una reclamación civil asoma un posible delito: una estafa en una transacción, una apropiación indebida de dinero por parte de un administrador, o incluso un phishing bancario que arruina a una familia. Parikyan ha asesorado en casos de estafa, administración desleal y delitos informáticos, entre otros, aportando ese rigor penal a su repertorio de soluciones. “Cuando entiendes cómo piensa alguien que defrauda, es más fácil proteger a quien ha sido víctima”, explica. Su conocimiento de los procedimientos penales le permite coordinar acciones civiles y querellas criminales cuando es necesario, sin perder de vista el objetivo práctico: resarcir al afectado. Si bien no todos los conflictos requieren ir por la vía penal, contar con esa doble perspectiva hace que Elmira pueda valorar con honestidad qué camino es más eficaz. Muchos despachos pequeños rehúyen los temas penales; Parikyan, en cambio, los integra de forma natural: “Si a mi cliente le han engañado, estudiaré la vía penal, civil o ambas, pero no lo dejaré desamparado”. Esta versatilidad es parte de su sello profesional. Su boutique legal ofrece una práctica integral que abarca desde el Derecho civil más clásico (familia, vivienda, contratos) hasta áreas como extranjería, mercantil e incluso la asesoría a startups. Pero más allá de la lista de áreas de práctica, lo que destaca es una visión interdisciplinar: entender que la vida real no viene compartimentada en departamentos jurídicos, y que un conflicto puede tocar varias ramas del Derecho. Elmira lo afronta todo con la misma premisa: dar una solución global al cliente, ya sea negociando un acuerdo, ganando un juicio o consiguiendo que la otra parte repare el daño causado.

En temas de Extranjería, por ejemplo, su enfoque humano se hace notar particularmente. Ayudar a una persona migrante con sus permisos de residencia o nacionalidad no es solo un trámite legal, sino acompañarla en un proceso vital. Quizá influye en ello la propia experiencia internacional de Parikyan –fluyente en ruso, armenio, italiano, inglés, castellano y catalán– que le permite empatizar con quienes se enfrentan a barreras culturales y burocráticas. En las consultas de extranjería, Elmira combina el orden (reunir todos los documentos, cumplir plazos, preparar expedientes impecables) con la cercanía: entiende la ansiedad de quien espera una tarjeta de residencia o la reagrupación familiar, y les explica cada etapa del proceso con paciencia. Uno de sus lemas de cabecera es que “la Justicia también es saber comunicarse”. Si un cliente entiende lo que está sucediendo con su caso, aunque la administración se demore, aunque la ley sea compleja, experimenta menos indefensión. Parikyan celebra los éxitos (un permiso concedido, una nacionalidad aprobada) casi con la misma alegría que las familias a las que representa, y cuando hay reveses, los enfrenta dando la cara y explorando alternativas. Este compromiso cercano refuerza la confianza de sus clientes, que sienten que su abogada “no solo lleva el caso, sino que te acompaña en el camino”.

Litigar o pactar: del juicio a la mediación con pragmatismo y empatía

No todos los conflictos civiles deben terminar ante un juez. Una de las decisiones estratégicas más importantes que Elmira Parikyan toma junto a sus clientes es si conviene litigar hasta el final o es preferible buscar una solución pactada. En este terreno, su guía es absolutamente práctica: “El mejor desenlace es el que resuelve el problema con el menor coste emocional y económico posible”, afirma. Si esa solución pasa por un acuerdo extrajudicial, Parikyan la perseguirá. “He visto familias destruirse en pleitos interminables donde al final nadie gana de verdad”, comenta con tono serio, “por eso, si hay posibilidad de entendimiento, la exploramos”. Por ejemplo, en disputas vecinales o desacuerdos comerciales, a veces una reunión con las partes y sus abogados, aclarando malentendidos, logra en unas horas lo que un litigio podría tardar años en resolver. Elmira actúa entonces como facilitadora, usando técnicas de negociación y mediación: escucha a la parte contraria, busca puntos en común y propone términos equilibrados. Su objetivo no es imponerse, sino solucionar. En esas negociaciones, dicen sus colegas, se nota su inteligencia emocional: sabe mantener la calma, reconducir la conversación cuando se caldea y hallar palabras que desarmen la tensión.

Ahora bien, cuando la vía del diálogo se agota o no es recomendable ceder, Parikyan no duda en preparar la batalla legal. Su experiencia en tribunales le ha enseñado que a veces la justicia formal es necesaria, y llegado ese momento, no escatima esfuerzos. La preparación de un juicio por su parte incluye desde ensayar la interrogación de testigos hasta anticipar los argumentos del abogado contrario para tener lista la réplica. “Un juicio es contar una historia verdadera de forma convincente”, señala, y por eso dedica horas a pulir la narrativa del caso: qué imagen quiere transmitir de su cliente, cómo presentar las pruebas clave para que destaquen, qué leyes sustentarán la petición. En sala, Elmira mantiene la compostura y muestra respeto tanto al tribunal como a la contraparte –una cortesía que no siempre se ve, pero que ella considera imprescindible–. Defiende con vehemencia, sí, pero sin perder las formas ni la claridad. Sabe que a veces, en la jerga de los juzgados, los abogados pueden caer en teatralidades o en un exceso de tecnicismo que desconecta al juzgador. Parikyan prefiere la eficacia: frases sencillas, hechos probados y argumentos jurídicos directos. Al fin y al cabo, su meta es obtener un resultado favorable, no lucirse con retórica vacía.

Otro aspecto que distingue su aproximación al litigio es la preparación del cliente para el juicio. “Nunca dejo que un cliente entre en sala sin saber qué va a pasar ahí dentro”, afirma categórica. Antes de una vista, repasa con la persona las posibles preguntas que le harán, le aconseja sinceridad y calma, y le recuerda que el juzgado no es un enemigo, sino el lugar donde podrán por fin exponer su caso con todas las garantías. Esta labor de coaching legal reduce significativamente la ansiedad de sus defendidos y les permite presentar su testimonio de forma más sólida. También se asegura de que entiendan el veredicto o la sentencia cuando llega: la lee con ellos, traduce cada párrafo del fallo al lenguaje cotidiano y evalúa conjuntamente los pasos siguientes (ejecutar la sentencia, recurrir, etc.). Tales gestos no son solo un valor añadido, sino parte de una convicción profunda de Elmira Parikyan: la justicia no termina con la sentencia; termina cuando el cliente comprende lo que esa sentencia implica en su vida real.

Integrar todos estos elementos –negociación, juicio, preparación técnica y apoyo humano– requiere una ética y una claridad de propósito poco comunes. En el caso de Elmira, es evidente que hay un hilo conductor: brindar seguridad jurídica en un entorno cada vez más complejo, tal como se propone en su despacho, pero hacerlo con un trato cercano, casi pedagógico. Su formación y trayectoria internacional no la alejan del ciudadano común, al contrario: le dan herramientas para acercarse a él. Quienes han trabajado con Parikyan destacan su capacidad para moverse con igual soltura en una reunión corporativa llena de ejecutivos que en la sala de estar de una familia preocupada por la hipoteca. Esa combinación de rigor técnico, enfoque estratégico y cercanía en el trato es quizá su mayor fortaleza. En tiempos en que la abogacía se enfrenta al desafío de recuperar la confianza del público, profesionales como Elmira muestran que la solución está en volver a lo básico: honestidad, comunicación clara y compromiso genuino con las personas.

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Entrevista a Elmira Parikyan

P: Muchas personas se sienten abrumadas cuando enfrentan un problema legal civil. Desde su experiencia, ¿cuál es la clave para transformar esos conflictos en soluciones claras para el cliente?
R: Lo primero es entender que detrás de cada conflicto legal hay un conflicto humano. Si un abogado se centra solo en las leyes y se olvida de las personas, difícilmente podrá dar una solución que el cliente sienta como útil. La clave está en la claridad: claridad para escuchar qué le pasa realmente al cliente, claridad para explicarle sus opciones de forma sencilla y claridad para ejecutar la estrategia sin rodeos. Yo creo que un problema legal deja de ser abrumador en el momento en que el cliente comprende qué está pasando y qué vamos a hacer al respecto. En ese sentido, mi trabajo consiste en traducir ese “idioma jurídico” tan confuso a un lenguaje cotidiano, y en trazar un plan paso a paso. Cuando el cliente ve un camino claro a seguir, desaparece gran parte de su angustia. Por ejemplo, en un caso de herencia con disputas familiares, reparto el problema en partes manejables: ¿qué dice la ley? ¿qué quiere cada uno? ¿qué alternativas tenemos? y se lo voy exponiendo así, por capítulos. Transformar el conflicto en solución clara es un proceso, no ocurre de la noche a la mañana, pero empieza por esa comunicación transparente desde el minuto uno.

P: Su método profesional se basa en cuatro pasos: escuchar, ordenar, planificar y ejecutar. ¿Por qué es tan importante comenzar escuchando al cliente?
R: Porque si no escuchas, no sabes realmente qué necesita esa persona. Escuchar parece obvio, pero no lo es tanto en esta profesión. A veces el cliente llega nervioso, enfadado, dolido, y trae una maraña de hechos y emociones. Si el abogado no se toma el tiempo de escuchar activamente –no solo oír, sino hacer preguntas, confirmar que ha entendido bien–, corre el riesgo de enfocar mal el caso desde el principio. Además, la escucha tiene un efecto terapéutico: muchas personas, al contar su versión con detalle, ya sienten un alivio y una confianza hacia su abogado. Y para mí esa confianza es fundamental. En la práctica, escuchar también significa detectar lo importante: en ese relato caótico inicial puede estar la clave jurídica que resolverá el caso. Por ejemplo, en un problema de alquiler, quizás el cliente se enrolla contando diez años de relación con el casero; si escucho con paciencia, puede que en ese relato descubra que hubo un contrato verbal, o un testigo de algo. Son datos que solo surgen cuando dejas hablar sin prisa. Así que escuchar bien me permite tanto ganarme la confianza del cliente como ordenar después el caso sobre una base sólida y completa.

P: Justamente, después de escuchar, usted habla de “ordenar”. ¿A qué se refiere con ordenar un caso legal y cómo ayuda eso al cliente?
R: Ordenar un caso significa poner cada cosa en su sitio: los hechos en orden cronológico, las pruebas alineadas con cada hecho, las leyes aplicables a cada punto y las prioridades bien definidas. Es como vaciar sobre la mesa todas las piezas de un puzzle (documentos, mensajes, contratos, emociones incluso) y luego empezar a agruparlas para ver la imagen completa. Para el cliente, este paso es revelador. Muchas veces vienen con la cabeza hecha un lío, no distinguen lo legal de lo personal, mezclan agravios con derechos. Cuando yo les presento su caso ya ordenado –les digo: “Mire, de todo lo que me has contado, legalmente el punto A, B y C son los importantes; tenemos estas pruebas para A y B, nos falta algo para C; tu objetivo principal es recuperar dinero, el secundario es limpiar tu nombre, etc.”– de pronto el asunto se vuelve manejable. Ordenar aporta serenidad y permite planificar. Además, en ese proceso suelo descubrir si falta alguna información o si hay contradicciones que debamos aclarar. Internamente, como abogada, ordenar es mi manera de pensar en voz alta y estructurar la estrategia. Pero de cara al cliente, supone dibujarle un mapa: “Estamos aquí, queremos llegar acá, estos son los obstáculos y estos los recursos con los que contamos”. Yo veo un cambio en sus caras cuando avanzamos a esta fase, porque pasan de la frustración a la determinación. Y esa transición es esencial para afrontar lo que venga después.

P: Una vez definido el plan, llega la fase de ejecución. En ese punto, ¿cómo decide si es mejor buscar un acuerdo negociado, una mediación o ir a juicio?
R: La decisión estratégica de negociar o litigar depende de varios factores: las pruebas que tengamos, la postura de la otra parte, el tiempo y dinero que esté dispuesto a invertir mi cliente, y también el componente emocional. Siempre lo discutimos abiertamente. Si veo que hay margen para un acuerdo beneficioso, suelo aconsejar intentar negociar primero –sobre todo si el juicio puede alargarse años o si el resultado es incierto–. Pero si la otra parte está intransigente o la oferta que ponen sobre la mesa es injusta, no me tiembla el pulso para decir: “Nos vemos en el juzgado”. También valoro mucho el estado emocional del cliente: hay personas para las que un juicio puede ser muy desgastante psicológicamente, y en tal caso busco alternativas más amigables como la mediación. Al contrario, hay casos en que el cliente, por principios, quiere que un juez se pronuncie (pasa mucho en estafas, por ejemplo: necesitan una sentencia que reconozca el engaño sufrido). Entonces, incluso si económicamente un acuerdo sería viable, apoyaré al cliente en llevarlo a juicio por una cuestión de justicia moral. En resumen, decido junto con el cliente, explicándole los pros y contras de cada vía. Tengo la suerte de haber trabajado tanto en negociaciones extrajudiciales como en procedimientos penales y civiles, así que puedo anticipar bastante bien qué implica cada camino. Se trata de elegir la batalla que vale la pena librar, y eso es algo muy personalizado en cada asunto.

P: Ha llevado casos de divorcios y conflictos civiles en Barcelona, herencias, reclamaciones… asuntos que suelen implicar mucha tensión personal. ¿Cómo maneja usted la carga emocional que conllevan estos conflictos?
R: Con mucho tacto y empatía, pero sin perder la objetividad. Es cierto que en divorcios o disputas familiares la carga emocional es altísima; he visto clientes llorar en mi despacho, llenos de rabia o de dolor. Mi papel en esos momentos es doble: por un lado, soy una especie de “contenedor emocional”, debo darles calma y seguridad, porque si se derrumban, no podemos avanzar; por otro lado, soy la profesional que tiene que pensar con claridad cuando ellos quizá no pueden. Entonces, manejo esa carga emocional escuchándolos (volvemos al primer paso), validando sus sentimientos –porque son reales y importan–, pero luego reconduciéndolos al terreno práctico. Digo cosas como: “Entiendo tu enfado, es normal después de lo que pasó, ahora veamos cómo lo solucionamos”. A veces casi hago labor de psicóloga sin serlo, en el sentido de que hay que dejar que la emoción salga para luego poder centrarnos en lo jurídico. También soy muy honesta: si veo que el cliente está tomando decisiones movido por la venganza o el miedo, se lo señalo con respeto. Por ejemplo, en un divorcio, si alguien quiere demandar algo insostenible solo para castigar a su ex, le explico que legalmente no prosperará y que solo prolongará su dolor. Manejar la emoción es equilibrar la empatía con la franqueza.

P: También tiene experiencia en derecho penal económico, por ejemplo en casos de estafas. ¿En qué medida esa experiencia penal influye en su manera de llevar casos civiles entre particulares?
R: Muchísimo. Mi bagaje en casos penales económicos me ha dado herramientas valiosas para los asuntos civiles. Por un lado, me ha entrenado en el análisis riguroso de pruebas: en una estafa, por ejemplo, debes rastrear movimientos de dinero, contratos simulados, comunicaciones… Ese nivel de detalle y esa mentalidad de “investigación” la aplico también en casos civiles complejos. Por ejemplo, en un pleito civil por incumplimiento de contrato, gracias a mi experiencia penal se me ocurren vías para aportar evidencias (correos electrónicos, informes periciales económicos) que tal vez a otro abogado puramente civil no se le ocurrirían tan fácilmente. Por otro lado, conocer el procedimiento penal me permite coordinar mejor estrategias mixtas. A veces un mismo hecho tiene aristas penales y civiles: supongamos un administrador de una empresa que ha vaciado las cuentas; podemos querellarnos por apropiación indebida y a la vez interponer una acción civil de responsabilidad. Yo me siento cómoda manejando ambas trincheras a la vez, y eso redunda en beneficio del cliente, porque no tiene que buscar dos abogados distintos. Además, los casos de fraude me han enseñado algo sobre la naturaleza humana: he visto cómo operan los estafadores, cómo engañan, y eso me hace estar más alerta en los negocios jurídicos aparentemente “normales”. Identifico señales de alarma pronto. En resumen, mi experiencia en penal me da una visión integral: cuando tomo un caso civil, no lo veo aislado, sino inserto en un contexto donde puede haber implicaciones penales, mercantiles, etc. Y al cliente le explico todas las opciones. No es que a todos mis clientes les vaya a pasar algo penal, pero tener ese conocimiento me da seguridad para decirles: “Si pasa X, iremos por esta vía; si pasa Y, por esta otra”. Es como tener más herramientas en la caja.

P: Ha mencionado la importancia de la claridad en la comunicación abogado-cliente. ¿Cómo logra traducir términos jurídicos complejos a un lenguaje que sus clientes puedan entender?
R: Ante todo, empatizando con el cliente. Siempre me pongo en sus zapatos y me pregunto: “Si yo no fuera abogada, ¿cómo me gustaría que me explicaran esto?”. A partir de ahí, aplico varias técnicas. Primero, evito los tecnicismos innecesarios; si tengo que usar un término legal porque no hay más remedio (por ejemplo, “usufructo” o “acción reivindicatoria”), inmediatamente lo explico con palabras simples o con un ejemplo concreto. Uso muchas analogías de la vida cotidiana. Por ejemplo, para explicar qué es la diferencia entre propiedad y usufructo, les puedo decir: “Mire, piense que usted es dueño de un coche (propiedad), pero decide dejárselo a su hermano para que lo use durante un año (usufructo): su hermano lo disfruta, pero el coche sigue siendo suyo”. Ese tipo de ejemplos ayudan mucho. También soy fan de esquemitas y dibujos cuando procede. He llegado a dibujar diagramas de cajas para explicar una sucesión hereditaria complicada, o a usar una línea del tiempo para que el cliente entienda el proceso civil (demanda, contestación, audiencia previa, juicio, sentencia…). Además, animo a que me pregunten cualquier duda, por tonta que parezca. Les digo: “Si lees el borrador de la demanda y algo no te suena, me paras y me preguntas”. Prefiero invertir tiempo en eso y no que el cliente firme o asista a algo que no comprende. La claridad también implica sinceridad: no endulzar las cosas con eufemismos. Si vamos a perder una parte del caso, se lo digo sin rodeos, pero explicando por qué. Creo que cuando uno domina de verdad el Derecho, puede explicarlo de forma simple. Si un abogado no puede explicar algo sencillamente, quizá es que ni él mismo lo entiende del todo. Así que me esfuerzo en ese sentido: en formarme bien para luego poder simplificar sin traicionar la precisión. La recompensa es ver la cara de alivio del cliente cuando te dice: “Ahora sí lo veo claro, abogada”. Eso para mí vale oro.

P: Su trayectoria es internacional: habla seis idiomas y ha trabajado en varios países. ¿Cómo aporta esa visión global a un conflicto local, de un particular en Barcelona por ejemplo?
R: La enriquece en muchos sentidos. Hablar varios idiomas y haber vivido otras culturas me hace más flexible mentalmente a la hora de entender diferentes puntos de vista. En Barcelona tenemos un crisol de residentes de diversos orígenes, y me he encontrado con clientes rusoparlantes, anglosajones, italianos… El hecho de poder comunicarme con ellos en su idioma nativo crea una confianza inmediata. Pero incluso con clientes locales, esa visión global me sirve: he visto cómo se resuelven conflictos en otros sistemas jurídicos, y a veces adopto ideas. Por ejemplo, en el mundo anglosajón se usan cartas muy detalladas antes de demandar, exponiendo el caso para forzar un acuerdo; yo a veces implemento algo similar aquí, adaptado a nuestro procedimiento. Haber trabajado en Hong Kong o con empresas internacionales también me enseñó disciplina y método, que aplico igual cuando llevo un caso “pequeño” doméstico. Y al revés, me ha dado humildad: uno se da cuenta de que la justicia tiene desafíos similares en todas partes –la lentitud, el lenguaje difícil, etc.– y eso me motiva a ser parte del cambio aquí. También, en lo práctico, con clientes extranjeros puedo explicarles cómo funciona el sistema español comparándolo con el de su país, para que lo entiendan mejor. Y diría que mi formación cosmopolita me ha hecho muy respetuosa con la diversidad: no todos los clientes reaccionan igual al conflicto, sus valores pueden ser distintos, y hay que saber adaptarse. En definitiva, creo que mi visión global aporta un trato más personalizado y abierto de mente en cada caso local.

P: Además del aspecto legal, ¿qué importancia le da usted a la dimensión humana del cliente –sus miedos, expectativas, carácter– durante todo el proceso?
R: Le doy una importancia enorme, diría que igual de grande que a los aspectos jurídicos. Siempre recuerdo que trabajo con personas, no con expedientes. Conocer la dimensión humana del cliente me permite ajustar mi forma de llevar el caso. Por ejemplo, si sé que un cliente es especialmente sensible al estrés, intentaré resolver las cosas por la vía rápida o le ahorraré comparecencias innecesarias. Si otro cliente me dice que para él es importante sentar un precedente moral, lo tendré en cuenta aunque legalmente no sea lo más rentable. Cada persona tiene sus miedos y expectativas: unos temen arruinarse con el juicio, otros temen perder la custodia de sus hijos, otros simplemente quieren que les devuelvan su reputación. Yo pregunto abiertamente: “¿Qué es lo que más te preocupa?” y “¿Qué esperas lograr con este proceso?”. Esas respuestas guían muchas decisiones. También observo el carácter: hay clientes muy combativos a los que les sienta bien ser parte activa en todo, y hay otros más tímidos o frágiles para quienes el conflicto es un trauma. A estos últimos los protejo más, intento que no se expongan demasiado. En definitiva, la dimensión humana influye en cómo comunico las cosas (más directo con unos, más delicado con otros), en los ritmos que marco y hasta en las recomendaciones que doy. Porque al final, de nada sirve ganar un caso si el cliente sale destrozado emocionalmente. Mi misión es lograr el mejor resultado legal con el menor costo personal posible. Y para eso debo conocer bien a la persona que confía en mí, no solo los detalles legales de su problema.

P: En su opinión, ¿qué papel juega la confianza entre abogado y cliente?
R: La confianza es el pilar de todo. Sin confianza, la relación abogado-cliente simplemente no funciona. Para mí, ganarme la confianza del cliente es lo primero que busco cuando iniciamos el camino juntos. ¿Cómo se consigue? Con integridad –haciendo lo que dices que harás, siendo honesta en el diagnóstico del caso– y con lealtad –que sienta que estarás a su lado, no solo como una profesional fría sino como un aliado personal–. También con confidencialidad absoluta, por supuesto; el cliente debe sentir que puede contarme cualquier cosa sin miedo. Cuando hay confianza, el cliente te sigue incluso en las decisiones difíciles, y acepta mejor las malas noticias si llegan. Por mi parte, esa confianza implica también una responsabilidad enorme: la de no defraudarla. El Código Deontológico de los abogados en España lo recalca: la relación se fundamenta en la confianza recíproca y exige del letrado una conducta íntegra y veraz. Yo me tomo eso muy en serio. Además, la confianza agiliza el trabajo: un cliente que confía será más transparente aportando información, y seguirá tus consejos sin tanta resistencia. Por ejemplo, si le sugiero aceptar un acuerdo, sabrá que se lo propongo por su bien, no por quitármelo de encima. En resumen, la confianza es ese “pegamento humano” que mantiene unida la relación profesional y sin el cual no hay progreso posible. Y se construye día a día, con hechos, no solo con palabras.

P: Hablando de ética, ¿cuáles son los principios que nunca deben comprometerse en la práctica legal?
R: La honestidad ante todo. Al cliente no se le miente, ni se le engaña con falsas promesas. También la lealtad: no defender intereses contrapuestos, no traicionar la confidencialidad. Otro principio sagrado es la diligencia, trabajar los casos con el cuidado que merecen. Eso implica prepararse, estudiar, no dejar los plazos correr, en definitiva tomar el asunto del cliente como si fuera propio en dedicación. La veracidad en sede judicial también es esencial: no vale todo para ganar. Yo no podría inventar o falsear datos, porque aparte de ser antiético, te acaba explotando en la cara. Mantener el respeto por todas las partes involucradas es otro valor para mí: por el cliente, por el juez, por el oponente e incluso por los derechos de la otra parte. Esto último a veces suena raro, pero me refiero a no avasallar ni humillar a nadie durante el proceso. Se puede litigar con firmeza sin perder la humanidad. Y un principio quizá menos mencionado: la responsabilidad social. Creo que como abogada tengo el deber de contribuir a que la justicia sea mejor, más accesible. Eso significa no abusar del sistema (por ejemplo, no interponer demandas temerarias solo para molestar) y, en la medida de lo posible, hacer algo de pro bono o ayudar a quien no puede permitirse abogado. Al menos yo lo intento cuando puedo, porque nuestra profesión tiene un lado de servicio público importante. En resumen, integridad en todo sentido. Sin ética no hay abogacía que valga, por muchos conocimientos que se tengan.

P: Mirando la profesión en general, ¿cómo cree que los abogados pueden contribuir a que la Justicia sea más comprensible y cercana para la gente?
R: Podemos hacer mucho, y debemos hacerlo. Los abogados somos traductores entre el lenguaje oscuro de la ley y el mundo real. Si cada uno en su parcela se esfuerza en hablar claro, en explicar procedimientos y resoluciones en términos sencillos, la justicia automáticamente se vuelve más comprensible. También debemos fomentar un trato más humano: a veces el entorno judicial es muy frío, muy distante, y nosotros podemos humanizarlo con gestos tan simples como llamar al cliente para informarle de algo en vez de solo enviarle un correo lleno de jerga. Además, podemos incidir en las instituciones: los colegios de abogados, por ejemplo, pueden pedir a la Administración que las notificaciones sean más entendibles, que las sentencias tengan un resumen en lenguaje claro. Hay movimientos en esa dirección –no olvidemos que ya es un mandato legal redactar en lenguaje comprensible, adaptado al ciudadano, incluso a menores–, pero los abogados tenemos que predicar con el ejemplo. Otro aporte es la educación legal al público: participar en charlas, en medios, escribir artículos divulgativos. Si la gente conoce sus derechos y cómo funcionan los procesos, llegará menos asustada cuando tenga un problema. En definitiva, los abogados podemos ser puentes entre la justicia y la sociedad, en lugar de ser guardianes de una jerga que nadie entiende. Yo estoy convencida de que una justicia más cercana empieza por un abogado que sonríe, que escucha y que explica. Esa es la pequeña gran contribución que cada uno de nosotros puede hacer desde su despacho.

P: Por último, ¿qué consejo le daría a alguien que afronta un litigio por primera vez en su vida?
R: Le diría: “No estás solo, busca asesoramiento pero también infórmate”. Es decir, que confíe en un buen abogado, porque enfrentar un litigio sin guía es muy duro, pero al mismo tiempo que se involucre en entender su propio caso. Le aconsejaría que pierda el miedo a preguntar todo lo que no entienda –que no se quede con dudas– y que trate de mantener la calma. Los litigios son una carrera de fondo, no un sprint; hay que armarse de paciencia. También le recordaría que la justicia puede ser lenta y a veces frustrante, pero funciona: si uno es constante y está bien aconsejado, las posibilidades de un resultado justo son altas. Y un aspecto práctico: que documente todo, que guarde papeles, mensajes, contratos, todo lo relacionado con el problema, porque eso luego es oro en el juicio. En lo emocional, le diría que no vea el litigio como una pelea personal sino como un proceso para resolver un conflicto; así sufrirá menos. Y por último, le animaría a confiar en sí mismo, a contar su verdad sin exageraciones. La credibilidad ante un juez es importante, y para tenerla uno debe ser honesto desde el principio con su abogado y consigo mismo. En resumen: busca ayuda profesional, infórmate, sé paciente y ve con la verdad por delante. Con eso, por muy primera vez que sea, seguro que el mal trago será más llevadero y quizás hasta logres transformar ese conflicto en la solución que necesitas.

La claridad como forma de hacer justicia

Las vivencias y reflexiones de Elmira Parikyan dejan una lección evidente: la Justicia no tiene por qué ser un laberinto inexpugnable, y el abogado cumple un rol social fundamental al convertir ese laberinto en un camino transitable para el ciudadano común. En un mundo donde los códigos y sentencias parecen escritos en otro idioma, la labor de profesionales como Parikyan consiste en tender puentes de comprensión y de confianza. Su visión jurídica pone en el centro a la persona, sin descuidar la excelencia técnica. De hecho, ese equilibrio entre humanidad y rigor la lleva a encarnar lo mejor de la abogacía tradicional –la defensa apasionada de los derechos de cada cual– con lo mejor de la abogacía moderna –la gestión eficiente y cercana del conflicto–. No es casualidad que insista tanto en la confianza: como proclama el Código Deontológico, “la relación entre el cliente y su abogado se fundamenta en la confianza”, y reconstruir esa confianza es también reconstruir la credibilidad de la justicia ante la sociedad. Cuando el abogado explica, orienta y acompaña, el cliente deja de percibir la ley como una amenaza lejana y empieza a verla como una herramienta a su servicio.

La propia magistratura ha empezado a reconocer que el Derecho debe adaptarse al ciudadano y no al revés, promoviendo el uso de un lenguaje claro para garantizar “el derecho a una justicia comprensible y cercana”. Parikyan se adelanta a ese ideal con su praxis diaria: en cada consulta, en cada escrito y en cada juicio que afronta, demuestra que la claridad es una forma de hacer justicia. Porque más allá de ganar casos, su objetivo es que el cliente entienda el qué y el porqué de cada paso, recuperando así el control sobre su vida legal. Esa claridad genera a su vez confianza –el cliente confía en su abogada, y por extensión en el sistema que ella representa–, y cierra el círculo virtuoso de una justicia más accesible. “Abogamos por dar respuestas claras”, se lee en la presentación de su boutique jurídica, y ese énfasis en lo claro y concreto cobra aún más sentido tras conocer la filosofía de Elmira.

En última instancia, la historia profesional de Elmira Parikyan evidencia el valor de la vocación de servicio en el Derecho. Lejos de buscar protagonismo, ella se define en su papel de intermediaria: entre el conflicto y la solución, entre la ley y la persona, entre el problema y la esperanza. Su mirada estratégica y su mano empática no son opuestos, sino complementos necesarios para restaurar la paz social allí donde un pleito amenaza con romperla. Cada caso cerrado con éxito –ya sea con un apretón de manos tras una buena mediación, o con una sentencia favorable tras dura batalla– es, para esta abogada, una prueba de que la justicia puede llegar a buen puerto sin perder la humanidad en el trayecto. Y cada cliente que sale de su despacho con las ideas más claras y el corazón más tranquilo es, en el fondo, una pequeña victoria del sistema legal en su conjunto. Al transformar conflictos civiles en soluciones claras, Elmira Parikyan no solo resuelve los problemas de quienes la contratan: también nos recuerda a todos que la claridad, la honestidad y la empatía son tan imprescindibles en un juzgado como en la vida misma. En tiempos de incertidumbre, reencontrar esos valores puede ser la clave para reconciliar a la ciudadanía con la Justicia, haciendo realidad lo que debería ser un derecho básico: entender y confiar.

Más información sobre el perfil profesional de Elmira Parikyan, aquí.