Las disputas entre las principales figuras del trumpismo sacan a la luz divisiones profundas dentro del Partido Republicano en Estados Unidos.

Quien no estuviera conectado permanentemente a las redes quizá tuvo dificultades para seguir la reciente polémica en AmericaFest. Esta conferencia anual, organizada cada diciembre en Phoenix por Turning Point USA –el influyente grupo juvenil conservador fundado por Charlie Kirk–, se convirtió este año en un escenario de enfrentamientos públicos entre los mayores referentes del movimiento MAGA (Make America Great Again). Durante el evento, las figuras más destacadas del trumpismo se lanzaron pullas entre sí a propósito de todo tipo de temas: desde el apoyo a Israel y la presencia de antisemitas y conspiracionistas en el programa, hasta los detalles del asesinato de Charlie Kirk en un campus de Utah y las distintas interpretaciones sobre qué significa ser estadounidense. En conjunto, apenas tres meses después de la muerte de Kirk, el panorama es el de un movimiento dividido y a la deriva.
La tensión dentro del universo MAGA llevaba meses en aumento, exacerbada tanto por el traumático asesinato de Kirk el pasado septiembre como por otras controversias políticas recientes –por ejemplo, la polémica en torno a la divulgación de expedientes relacionados con Jeffrey Epstein por parte de la administración Trump. A simple vista, las peleas en Phoenix podrían parecer simples rencillas entre celebridades de los medios conservadores, quizá más cómodas en la oposición que ejerciendo el poder. Sin embargo, estas disputas ponen de manifiesto una lucha más amplia dentro del Partido Republicano: a medida que la derecha empieza a vislumbrar un futuro más allá de Donald Trump y a debatir el rumbo del partido, se enfrenta a la cuestión de hasta dónde debe extenderse el paraguas del movimiento conservador y quién queda dentro o fuera de él.
Para entender la magnitud del conflicto conviene fijarse en dos enfrentamientos paralelos en el mundo de los influencers de derechas. Tras el asesinato de Charlie Kirk, la comentarista Candace Owens –una de las podcasters más populares del entorno MAGA– comenzó a difundir teorías conspirativas sobre su muerte. Owens llegó a implicar en el crimen a la Legión Extranjera Francesa, a supuestos aviones egipcios e incluso a empleados de la propia Turning Point, entre otros disparatados señalamientos. Erika Kirk, viuda de Charlie y nueva directora de Turning Point USA, le suplicó públicamente que dejara de propagar esas mentiras, pero no sirvió de nada. Owens no asistió a AmericaFest, pero su sombra planeó sobre toda la conferencia. “Las personas que se niegan a condenar los ataques realmente crueles de Candace –y algunos de ellos van a hablar aquí– son culpables de cobardía”, lanzó Ben Shapiro, cofundador del medio conservador The Daily Wire, durante una de sus intervenciones. Shapiro mencionó en concreto a dos pesos pesados del ecosistema MAGA, los presentadores Tucker Carlson y Megyn Kelly, reprochándoles su silencio ante las insinuaciones de Owens.
El segundo gran foco de disputa gira precisamente en torno a Tucker Carlson. El ex presentador de Fox News invitó recientemente a su programa al streamer Nick Fuentes, un notorio activista de la extrema derecha admirador de Hitler. Charlie Kirk, en vida, había intentado mantener a individuos como Fuentes en los márgenes del movimiento conservador. Sin embargo, figuras así han ido ganando influencia a medida que ciertos sectores de la derecha –incluido el propio Kirk en sus últimos tiempos– abrazaban ideas radicales como la teoría del “Gran Reemplazo”, que sostiene que unas élites globalistas pretenden fomentar la inmigración para diluir el poder de la población blanca. En su discurso en AmericaFest, Ben Shapiro criticó con dureza la disposición de Carlson y otros líderes mediáticos a dar voz a racistas y a permitir que proliferen teorías conspirativas antisemitas.
Lo que empezó como un choque entre influencers ha saltado del plano mediático al político. La pelea en torno a Fuentes provocó turbulencias incluso en uno de los bastiones del conservadurismo tradicional: más de una docena de empleados de la prestigiosa Heritage Foundation presentaron su dimisión después de que el presidente de este think tank defendiera la amistosa entrevista de Carlson a Fuentes. La salida coordinada de estos miembros del personal –algunos de alto rango– desencadenó una de las peores crisis internas en la historia de la Heritage Foundation, evidencia de cómo el dilema sobre dar cabida o no a figuras extremistas está resquebrajando instituciones clave de la derecha estadounidense.
En medio de este clima enrarecido, el vicepresidente J.D. Vance –considerado el heredero político de Trump– subió al escenario de AmericaFest el 21 de diciembre, cuando muchos de los otros oradores ya habían dejado claras sus diferencias. Lejos de zanjar las disputas, Vance pareció sugerir que en el movimiento conservador había espacio incluso para voces polémicas como Owens y Fuentes. El vicepresidente rehusó condenar explícitamente el racismo y el antisemitismo entre las nuevas promesas del MAGA. “No he venido con una lista de conservadores a los que denunciar ni a los que vetar”, se justificó ante el público. Sus palabras contrastaron con las declaraciones que él mismo había hecho pocos días antes al medio británico UnHerd, donde afirmó que el antisemitismo “no tiene cabida en el movimiento conservador” y llegó a decir que Nick Fuentes podía “comer mierda”. Tal vez Vance consideró más prudente no insultar en pleno AmericaFest a los llamados groypers –los seguidores leales de Fuentes–, por si había algunos entre la audiencia.
Por muchos motivos, la conferencia de Phoenix se sintió también como la presentación en sociedad de J.D. Vance ante la base trumpista. Charlie Kirk lo había apoyado como candidato para las presidenciales de 2028, y tanto los oradores como buena parte de los asistentes compartieron la visión nacional-populista que Vance expuso durante la Convención Republicana del año pasado: la idea de que Estados Unidos es una patria, no solo una idea. “Estamos en un verdadero debate sobre qué es Estados Unidos, sobre qué representa”, afirmó en Phoenix Donald Trump Jr., hijo mayor del expresidente. “Estados Unidos no es solo una idea”, añadió. “Es un lugar con fronteras, con territorio, con historia y campos de batalla”. Pocos discutirían esos hechos básicos, pero cualquiera familiarizado con el lenguaje del MAGA reconocería en esas palabras la insinuación de que hay estadounidenses “más auténticos” que otros dentro de esa visión nacionalista. Por su parte, el empresario Vivek Ramaswamy, exaspirante a la presidencia que ahora compite por ser gobernador de Ohio, trató de defender una definición más inclusiva de la identidad estadounidense –una visión aspiracional que presenta a los inmigrantes legales como gente en busca del sueño americano, al estilo del “conservadurismo compasivo” de George W. Bush–, pero su postura resultó prácticamente aislada en el escenario.
Aun así, figuras tan influyentes como Vance, Carlson e incluso Steve Bannon (exasesor de Trump) instaron a los conservadores a centrarse en el enemigo común, “la izquierda radical”, insistiendo en que la unidad del movimiento era posible bajo la bandera del “América Primero”. Esto último está por verse. En el pabellón de exposiciones de AmericaFest, un pequeño escenario secundario permitía a varios podcasters interactuar con los seguidores. Los integrantes de ThoughtCrime –un nuevo programa fundado por el propio Charlie Kirk junto a otros influencers de derechas– lanzaron una pregunta a la multitud: ¿Defienden ustedes «Estados Unidos primero y en solitario», o Estados Unidos primero pero con el apoyo de algunos aliados? La respuesta evidenció divisiones: el público quedó prácticamente partido en dos ante el dilema entre un aislacionismo absoluto o una derecha “America First” pero dispuesta a cooperar con países afines.
Muchos asistentes opinaron que estas luchas intestinas entre sus héroes MAGA son consecuencia directa del vacío de poder que dejó el asesinato de Kirk en Utah. Si bien las posturas de Kirk eran a menudo controvertidas –y se habían vuelto más extremas conforme el Partido Republicano viraba aún más a la derecha–, el joven activista se erigía para los conservadores en una figura unificadora e inspiradora. “Era alguien capaz de mantenernos a todos en la misma página,” comentaba Rick Richards, un seguidor de 63 años originario de Arizona que asistía por segunda vez a AmericaFest. Richards confiaba en que la viuda de Kirk, Erika, pudiera tal vez convertirse en una nueva voz líder del movimiento. Por ahora, Erika Kirk parece sentirse más cómoda predicando los valores familiares tradicionales y la devoción religiosa que ejerciendo como figura política de primer nivel. Claro que solo han pasado unos pocos meses desde la muerte de su esposo y desde que ella asumió el liderazgo de Turning Point, por lo que es pronto para sacar conclusiones definitivas.
Estas disputas internas revelan asimismo la enorme fuerza de atracción del ecosistema mediático de la derecha estadounidense, capaz de moldear narrativas y generar enfrentamientos que acaparan la atención de la base. Sean Miles, un joven de 18 años que dirige un capítulo de Turning Point en su instituto de Illinois, comparó la división actual con “una guerra civil”, si bien reconoció que los principales instigadores del caos son también figuras del entretenimiento conservador. “Están intentando ser provocadores,” opina Miles, “porque eso es lo que consigue likes. Eso es lo que consigue visitas”. Al fin y al cabo, en la era de las redes sociales, la lucha por el corazón del movimiento MAGA se libra tanto en el terreno de las ideas como en la competición por la audiencia. Y, de momento, esa batalla fratricida dentro del trumpismo continúa abierta, amenazando con reconfigurar el futuro de la derecha estadounidense.
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