Apenas 24 horas después de dejarse ver juntos y sonrientes en el Tribunal Supremo, Donald Trump ha cortado la cabeza de su fiscal general, Pam Bondi. Detrás de las palabras amables en redes sociales se esconde la profunda frustración del presidente ante la incapacidad de encarcelar a sus enemigos y la caótica gestión de los archivos del pedófilo Jeffrey Epstein.

El gabinete de Donald Trump sufre su segunda gran baja en este mandato. Tras la reciente salida de la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, ahora es el turno del Departamento de Justicia. En un movimiento abrupto, el presidente ha anunciado el cese de Pam Bondi, quien llevaba 14 meses en el cargo. Su silla será ocupada, en calidad de interino, por Todd Blanche, quien pasó de ser el abogado personal de Trump en sus múltiples imputaciones a escalar hasta el puesto de vicefiscal general.
En su habitual estilo, Trump disfrazó el despido con elogios a través de su red Truth Social, calificando a Bondi de «gran patriota» y «leal amiga» que pronto asumirá «un importante trabajo en el sector privado». Incluso le atribuyó una caída histórica de los homicidios a niveles de 1900. Sin embargo, los pasillos de Washington cuentan una historia muy distinta: la de una fiscal general asfixiada por las exigencias de la Casa Blanca.
El fantasma de Epstein y la «lista» que nunca llegó
Uno de los principales detonantes de esta crisis ha sido el manejo de la documentación confidencial del fallecido magnate Jeffrey Epstein.
A principios de su mandato, Bondi avivó las teorías conspirativas prometiendo transparencia absoluta y asegurando que la infame «lista de clientes» de Epstein estaba sobre su escritorio. Semanas después, el FBI la desmintió públicamente afirmando que tal lista no existía. Para empeorar las cosas, el Departamento de Justicia solo ha desclasificado la mitad de los archivos que posee, censurando nombres de implicados de alto perfil mientras exponía los datos de algunas víctimas. Esta gestión torpe provocó que hasta la propia base trumpista del movimiento MAGA (Make America Great Again) empezara a sospechar de un encubrimiento institucional.
Una cacería de brujas fallida
El segundo gran fracaso de Bondi a ojos de Trump ha sido su ineficacia para sentar en el banquillo a los enemigos políticos del presidente.
El año pasado, Trump exigió públicamente en redes sociales que la justicia actuara sin piedad contra quienes lo habían investigado. Bondi intentó complacerle iniciando procesos contra figuras como el exdirector del FBI, James Comey, la fiscal general de Nueva York, Letitia James, y el exconsejero John Bolton. ¿El resultado? Un desastre jurídico. Los casos contra Comey y James fueron desestimados de inmediato por los tribunales debido a que el fiscal designado por Bondi había sido nombrado de forma irregular, lo que desató la furia de Trump.
Éxodo interno y politización extrema
El mandato de 14 meses de Bondi deja un Departamento de Justicia fracturado. Su paso ha estado marcado por una fuga de cerebros y el éxodo de decenas de fiscales de carrera, muchos de ellos apartados o forzados a dimitir tras negarse a imputar a los rivales de Trump alegando una total falta de pruebas.
Aunque Bondi juró en su confirmación lealtad absoluta a la Constitución, su legado será recordado como el intento más agresivo en la historia moderna de Estados Unidos de erosionar la independencia entre el poder ejecutivo y el sistema judicial para convertirlo en un brazo ejecutor de venganzas políticas.